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Realmente el ex presidente de Panamá, Ernesto Pérez Balladares, conoce poco al presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador.

Cuando repentinamente la clase política de un país como Panamá se da cuenta de que es víctima de un maltrato diplomático y de expresiones tan poco afortunadas como aquella de referirse a la canciller panameña, Erika Mouynes, como “la Santa Inquisición” por parte del Presidente de México, es comprensible que en una primera lectura vean una actitud infantil de López Obrador.

Pero el mandatario mexicano está muy lejos de emprender este tipo de batallas, internas o externas, por un arranque de adolescente.

Deben entender, en México y en el mundo, que el Presidente no habla en nombre del Estado mexicano, López Obrador le habla a su clientela política, a su base, a aquellos que lo llevaron al poder y en los que confía mantengan su movimiento encumbrado.

El Estado español lo entendió muy bien y no se enfrascó en una discusión estéril con López Obrador. Quizá porque los españoles ya tenían experiencia propia con un radical impresentable como Pablo Iglesias, hoy marginado por inepto.

Todo el interés de generar discordia con la corona y el gobierno de España tenía que ver con la agenda ideológica en materia energética de la 4T y la obsesión por expulsar a las empresas extranjeras de ese sector, en especial a Iberdrola.

Con Panamá parece estar sucediendo lo mismo. Hay una deliberada provocación para generar un conflicto donde no lo hay, porque el gobierno de López Obrador quiere algo que tiene ese país centroamericano: el negocio de la conexión interoceánica en América.

De todas las obras de infraestructura faraónicas del actual gobierno sólo una tenía cierta lógica. El aeropuerto de Santa Lucía fue un golpe autoritario, el Tren Maya un capricho y la refinería de Dos Bocas un sinsentido. Pero el corredor transístmico para conectar el Océano Pacífico con el Golfo de México tenía un sentido comercial.

Sin embargo, el manejo negligente y la impericia para negociar con los campesinos afectados han retrasado y relegado esta obra que parece que ya dejó de ser prioritaria para López Obrador.

Con todo, el proyecto va, porque así lo soñó Benito Juárez según ha dicho López Obrador. Pero generar ese mercado de conexión interoceánico compite directamente con el principal activo que tiene Panamá, su canal.

No parece haber una actitud infantil en proponer a un impresentable como Pedro Salmerón como embajador en ese próspero país centroamericano, ni tampoco en sustituir la propuesta con alguien como Jesusa Rodríguez, que tiene todo menos presencia diplomática. Y menos en insultar a una alta funcionaria del gobierno panameño.

Así que, contrario a lo que piensa el expresidente Pérez Balladares, no hay infantilismo en la actitud del mandatario mexicano. Más bien, podría tratarse de una estrategia para que se deje de cumplir la otra parte del mensaje del exmandatario panameño en el sentido de que México necesita a Panamá, más que Panamá a México.

La 4T quiere arrebatar un negocio a los centroamericanos y en términos de propaganda ante sus seguidores, siempre será más fácil hacerlo a un adversario que a un aliado.

Claramente López Obrador divide al mundo entre adversarios y aliados, y tal parece que ya decidió poner a Panamá, junto con España y otros, del lado de los antagonistas a la Cuarta Transformación.