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La competencia de cuál es la obra de infraestructura más inútil del sexenio parecería estar muy cerrada.

El aeropuerto que por capricho implicó la cancelación de una gran obra y que hoy nadie usa.

Un tren que lastimó profundamente la selva Maya, que ha costado 3.5 veces más el presupuesto original y que vivirá toda su existencia de los subsidios.

O una refinería, construida en zona pantanosa, lejos de los centros de consumo y con un sobrecosto que ha duplicado el presupuesto y el tiempo de entrada en operación.

La respuesta sería que las tres, junto con otras políticas de gobierno, serían tres obras altamente inútiles, pero no hay duda de que la refinería de Dos Bocas en Tabasco se llevaría el primer lugar.

Sobre todo, porque surte un mercado que tenderá rápidamente a la decadencia, como el consumo de gasolinas y que, más importante, su construcción está a cargo de una empresa que técnicamente está quebrada como lo es Petróleos Mexicanos.

Nos enteramos, sólo porque Pemex está obligado a informarlo a la comisión del mercado de valores de los Estados Unidos (SEC), que la empresa petrolera mexicana tuvo que inyectar otros 1,000 millones de dólares, entre enero y junio de este año, para avanzar en la construcción de su refinería.

Evidentemente que esos recursos no vienen de Pemex porque simplemente no los tiene. Son 1,000 millones de dólares que se suman a otros 3,800 millones de dólares transferidos de las arcas públicas para mantener la edificación de un capricho ideológico.

Además, no hay acceso a la información sobre los recursos destinados ni a ésta ni al resto de las obras emblemáticas de este régimen, porque se ha reservado “por seguridad nacional” y bajo el brazo de las fuerzas armadas.

Sabemos, porque así lo tuvieron que informar a la SEC, que el presupuesto asignado a la construcción de Dos Bocas está por superar los 16,000 millones de dólares, a los que hay que sumar las transferencias recientes, así que van como unos 18,000 millones de dólares.

Pero también vemos como en el Paquete Económico para el 2024 hay una enorme partida para destinar a las obras faraónicas de López Obrador, esas cuentas que llevarán a la economía mexicana a niveles peligrosos de déficit fiscal y una deuda pública en niveles históricos.

El común denominador de las obras de infraestructura insignia de este gobierno es que parten del sueño de una sola persona, no tienen un origen en estudios de factibilidad, en necesidades del mercado, en planeación estratégica o costo de oportunidad.

En algún momento alguien le dijo a López Obrador que un aeropuerto lejano pero que fuera “su” aeropuerto, un tren a la mitad de la selva que pasara por Palenque o una refinería en su tierra natal eran grandes legados con su nombre impreso.

Hoy son problemas financieros, lastres para encadenar el crecimiento, estorbos para otros proyectos de inversión y la garantía de que, efectivamente, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles AIFA, el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, sí harán pasar a López Obrador a la historia, pero no por las buenas razones que imaginó.