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El bastón de mando es un símbolo de mucho peso para los pueblos indígenas y su entrega simboliza el compromiso de una autoridad con ese segmento de la población. No es un juguete para hacer propaganda partidista.

Esos son los elementos que usa un gobierno populista para buscar influir entre su clientela electoral, pero no es el único Presidente en campaña que usa los elementos a su alcance para hacerse de los votos que necesita.

En Estados Unidos, Joe Biden, presidente demócrata que busca la reelección, está también ya instalado en “modo campaña”, sobre todo porque allá, como aquí, no tiene fácil la contienda electoral.

Claro que Biden ataca a su opositor, no menciona por su nombre a Donald Trump, pero sí habla pestes de la presidencia del republicano. Pero, sobre todo, entiende que la decisión de los electores estadounidenses se fundamenta en las condiciones económicas.

Una de las frases más emblemáticas de las campañas estadounidenses contemporáneas es aquella del asesor de campaña de Bill Clinton, James Carville, quien sintetizó muy bien dónde estaba el interés de los electores: “es la economía, estúpido”.

Y sigue siendo la economía, sobre todo en estos momentos de transición entre una inflación alta y una economía que paga las consecuencias de la medicina monetaria con una desaceleración.

Mientras aquí la estrategia son los bastones de mando, inaugurar refinerías que no refinan, trenes que no avanzan, aeropuertos que nadie usa, allá, la estrategia es gastar dinero con un plan ordenado de reactivación económica con un nombre tan sugerente y conveniente como Bidenomics.

Gastar dinero gana electores, pero el candidato de enfrente, Donald Trump, ha elevado la vara en otras áreas donde Joe Biden tiene que mostrarse firme y uno de esos terrenos es su relación con México.

Migración y narcotráfico son los dos frentes más delicados de la relación bilateral, pero el comercio y sus dificultades también pesan en el ánimo de los electores que pueden estar indecisos.

Hay un área específica en la que el gobierno de López Obrador le ha visto la cara a la administración demócrata y la decisión, con miras a entrar al año electoral, es que eso se acabó.

Desde La Casa Blanca llegó la solicitud a las empresas del sector energético, afectadas por las políticas nacionalistas del gobierno de López Obrador, para que preparen la documentación necesaria para llevar a México a un panel de solución de controversias con este tema.

Si esta información que dio a conocer la agencia Reuters se comprueba, México estaría enfrentando dos paneles con las reglas del T-MEC que es prácticamente un hecho que pierda nuestro país.

Porque ni en materia de maíz biotecnológico ni en las barreras impuestas a las empresas energéticas extranjeras hay argumentos sólidos que no sean simples atavismos ideológicos del lopezobradorismo.

Los tiempos de resolución de estos paneles de expertos independientes habrán de cruzarse con los tiempos electorales de los dos países.

La consecuencia más común de perder una disputa de estas características habitualmente implica compensar con aranceles en los productos de exportación más exitosos el monto reclamado como daño.

Económicamente sería un golpe duro para los exportadores mexicanos, políticamente sería un triunfo de la administración Biden. Acá, la clientela cautiva del Presidente posiblemente no dimensionaría el tamaño de la pifia gubernamental.