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La crisis griega tiene tintes de telenovela porque incluye personajes carismáticos, giros 
inesperados, fechas fatales, consultas populares, manifestaciones, renuncias, negociaciones de último minuto y un sinfín de actores que dejan ver las posiciones más encontradas posibles.

Tiene todas las características de un reality show de alto rating. Además, claro, tiene el componente de una enorme crisis económica para todo un país y un continente, con todo y devaluación del peso mexicano que nos hace sentir más identificados.

Sin embargo, hay otra historia en progreso que es mucho menos atractiva, menos accesible, por generarse ahora dentro de los terrenos estrictamente financieros, en un idioma incomprensible y en un mundo prácticamente desconocido.

Pero la crisis financiera que se está gestando en China puede tener alcances más letales que el peor desenlace que podamos pensar para la tragedia griega.

El Shanghai Composite Index, que es el principal indicador bursátil de ese país, ha caído algo así como 30% en tres semanas. Al menos 200 emisoras han suspendido sus cotizaciones ante la amenaza de que se derrumben hasta el piso.

El modelo chino parte de una intromisión gubernamental en todos los campos de la actividad económica y el mercado bursátil no es la excepción. No sólo interviniendo en el mercado con sus planes de liquidez, sino relajando su papel como regulador.

Resulta que en la laxitud de las reglas de pánico permiten que los inversionistas presenten como garantía prácticamente cualquier cosa, desde una casa habitación hasta un jarrón de la dinastía Ming.

Esta burbuja autoinducida, que llevó el mercado a ganar 150% el año pasado, no para sólo en la pinchadura de un mercado menor que no supo cómo administrar la abundancia; tiene implicaciones que alcanzan el crecimiento de la segunda economía más importante del mundo.

La economía china enfrenta una desaceleración que no parece tener un piso y que ha llevado a las previsiones de crecimiento a ubicarse ya por debajo de 7% anual, que es una corrección muy importante para un país que estaba acostumbrado a tasas de crecimiento superiores a 10 por ciento.

En el afán de reactivar la economía, el gobierno chino ha tomado medidas desesperadas que lo mismo han provocado esta burbuja bursátil que una crisis en el mercado hipotecario.

Si el gobierno chino falla en su intento de frenar el derrumbe bursátil, no sólo vendrá ese crack del mercado, sino que con él se derrumbará la credibilidad de Beijing para mantener las cosas bajo control.

El impacto será como una fila de fichas de dominó en donde los primeros afectados serán los mercados de la región Asia-Pacífico, para después contagiar al resto de los mercados, en especial los emergentes.

Y si llega esa ola a las bolsas y a los mercados de divisas y de dinero se encontrarán con estructuras que ya crujen por la crisis griega y la incertidumbre sobre el futuro aumento de las tasas de interés.

China tiene un culebrón en curso que por ahora sólo se mide en porcentajes de bajas del mercado de Shanghai, pero que puede ser el próximo gran estreno de las crisis mundiales.