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Una amplia mayoría griega votó por el final de la austeridad y por dejar de pagar una parte importante de los miles de millones de euros que gastaron a manos llenas durante aquellas épocas de espejismo de primer mundo al estilo alemán.

Se antoja difícil que dejar de cumplir con sus obligaciones pueda ser una salida que lleve a este país a un estado de bienestar duradero, pero en la desesperación del desempleo y el aumento de la pobreza se genera el ambiente perfecto para que el oportunismo crezca como la maleza.

Para naciones como Grecia, pero también Portugal o España, la oferta de integrar bajo el liderazgo alemán una zona monetaria común era la esperanza de poder lograr los niveles de desarrollo del líder indiscutible de Europa.

Las condiciones de disciplina y controles supranacionales parecían tolerables contra las enormes carretadas de subsidios que llegaban para emparejar el piso en materia de infraestructura y desarrollo social.

Sin embargo, seguirle el paso a franceses o alemanes no es sencillo y cuando alguno se quedaba atrás obtenía una pequeña ayuda deficitaria para emparejar de manera artificial el piso. Así llegaron Grecia, Irlanda, Portugal, España, Malta e Italia a niveles críticos, en donde el abuso del endeudamiento y del gasto público los llevó a la zona crítica de la mano de la Gran Recesión mundial del 2008.

El valor del bloque monetario europeo se volvió a defender con miles de millones de euros en préstamos, a cambio de iniciar las modificaciones estructurales que permitieran la disciplina que nunca tuvieron cuando las vacas estaban gordas.

Grecia fue el caso más grave, quizá junto a Portugal. Verdaderas amenazas de romper el bloque del euro por esa parte más delgada del cordón.

Los gobiernos de Atenas aceptaron los planes de reestructura, en el entendido de que abandonar la zona euro habría resultado mucho más oneroso para su país en el largo plazo y aceptaron aplicar reformas y planes de austeridad de alto costo social para una población que ya se había acostumbrado a gastar a manos llenas.

La caída fue brutal. El desempleo, la pauperización, la pérdida de calidad de vida fueron muchas veces mayores que el espejismo de primer mundo en el que vivieron con todo y sus Juegos Olímpicos.

Ése es el caldo de cultivo perfecto para lo que hoy tienen. Alexis Tsipras supo pescar en el río revuelto griego y hoy es primer ministro, para lo cual desde su extrema izquierda reclutó a la extrema derecha para conformar un gobierno que amenaza principalmente a sus propios habitantes, después a la zona euro y de paso al mundo financiero entero.

Se acabó la austeridad, grita este político radical. No pagaremos todas las deudas y si es necesario nos salimos de la zona euro.

No deberá pasar tanto tiempo antes de que el nuevo gobierno tome algunas decisiones radicales, los efectos financieros serán los primeros en notarse.

Evidentemente, no servir la deuda liberará recursos internos al gobierno griego que podría patrocinar un espejismo de bienestar que le sea muy aplaudido al líder de Syriza.

Y ya sea con euros o con el regreso al dracma, pero es probable que el efecto de corto plazo sea un placebo, un subidón, que irremediablemente terminaría en una resaca si no se corrigen los problemas estructurales.

Si en el proceso del espejismo otras sociedades se deslumbran, podríamos estar en una ola de gobiernos europeos nacidos de la crisis, muy al estilo de las olas populistas latinoamericanas.