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Primer acto: un país decrece 0.1% en el 2019. Segundo acto: ese mismo país tiene un Producto Interno Bruto (PIB) negativo de 2.4% en el primer trimestre del 2020 y todo apunta a que caerá más de 6% en el año. Tercer acto: el presidente de ese país descalifica el PIB. Ya no dice que tiene otros datos, pero saca la bola del parque. Propone que se midan otras cosas, por ejemplo, el bienestar. Cae el telón.

En sus críticas al PIB, el presidente Andrés Manuel López Obrador se sube a una discusión que en el mundo lleva décadas. Desde los 80, ha habido varias propuestas para corregir o reinventar este indicador que nació en 1934. Entre las principales críticas se encuentran que no toma en cuenta la distribución de la riqueza, ni mide el daño al medio ambiente, que ocurre mientras se produce crecimiento. La filósofa estadounidense Martha Nussbaum enfatiza los problemas de un indicador que no toma en cuenta el trabajo no pagado, por ejemplo, el que se realiza en el hogar.

Al hablar de los defectos del Producto Interno Bruto, pocos tan críticos como su creador, Simon Kuznets. Hay que tener cuidado con el PIB, porque sobresimplifica las cosas, reconoció Kuznets. Hizo una recomendación: se debe tener claro la distinción entre cantidad y calidad del crecimiento; cuando se fija una meta para crecer más, debemos tener claro para qué se quiere crecer más.

El PIB puede producir ilusiones y llevar a conclusiones absurdas. Dos ejemplos: uno, el dinero empleado para pagar un asesinato contaría como una contribución positiva al PIB. Así es, las balas, el salario y los viáticos del asesino activan la economía. Segundo caso: la destrucción de miles de árboles para despejar el terreno que necesita una refinería en Tabasco también suma como una aportación al PIB. En este caso hipotético, entre más se avance en la construcción de un elefante blanco, más crecerá el PIB. Ya lo dijo Kuznets: su “hijo” valora más el corto que el largo plazo y no distingue entre buenas y malas obras.

AMLO propone poner atención en otras cosas. Afortunadamente para todos no es necesario inventar el agua tibia. El mundo tiene, desde 1990, un Índice de Desarrollo Humano, creado para la Organización de las Naciones Unidas por el genial Amartya Sen junto con Mahbub ul Haq, un economista pakistaní.

Este índice considera diversos indicadores de calidad de vida y los usa para “ecualizar” el PIB. Entre los contrapesos al dato económico duro están el nivel de alfabetismo, la expectativa de vida al nacer, los niveles de nutrición, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y la capacidad de hacer cosas como educarse, votar y participar en la vida comunitaria. En este índice, México se ubica en el lugar 76 del mundo y tuvo un retroceso entre el 2017 y el 2018.

El Producto Interno Bruto y el índice de desarrollo humano son complementarios, pero dejan espacio para otras mediciones. En el 2012, Richard Layard y Jeffrey Sachs publicaron por primera vez el informe mundial de la felicidad, donde usan encuestas para medir el grado de satisfacción de las personas con su vida. Este ranking entrega resultados mágicos, México es el segundo país más feliz del mundo, después de Costa Rica. El tercer lugar es Colombia y ninguno de los países escandinavos está en el top ten.

El presidente López Obrador tiene razón en hablar de las limitaciones del PIB, pero se quiere pasar de listo al hacerlo ahora, en un momento en el que la economía está entrando en una crisis de dimensiones descomunales. Este indicador, con todo y sus defectos, es fundamental para valorar los signos vitales del desempeño económico. Es inevitable que el PIB sirva también para evaluar la tarea del gobierno. Las bajas tasas de crecimiento del pasado le dieron material para hacer críticas a López Obrador cuando era suspirante. Ahora sirven a sus detractores. Es tiempo de estudiar economía… y ciencias sociales.