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Si le va mal a Estados Unidos, México no saldrá ileso. La integración económica binacional sigue ahí, a pesar de la retórica.

El plan fiscal de Donald Trump se tambalea y muy pronto podría caer. Je, je, je… Más de uno de ustedes, apreciables lectores, estará sonriendo ante esta nueva desventura del impulsivo presidente de Estados Unidos. Schadenfreude, le llaman en alemán a esa alegría que produce el sufrimiento ajeno.

Atención, paren las risas: si le va mal a Estados Unidos, México no saldrá ileso. La integración económica binacional sigue ahí, a pesar de la retórica. No nos hemos divorciado de nuestro vecino y principal socio comercial. Seguimos atados a él. Sigue siendo cierto aquello de que “si a Estados Unidos le da gripa, a México le da pulmonía”.

Cuando se trata de proyectar escenarios sobre el futuro del coloso norteamericano, pocos factores tienen un peso tan grande como el plan fiscal de Donald Trump. Éste ha sido la piedra angular en la que se montó la racha de optimismo económico, desde el 8 de noviembre del año pasado. Algunos de los economistas más reconocidos dijeron que dicho plan era absurdo, porque reducir los impuestos a la mitad incrementaría el déficit fiscal a niveles nunca vistos. Esto no impidió que grandes corporaciones e individuos se pusieran a soñar e hicieran cuentas alegres. Se volvió un asunto de fe creer que la administración Trump sería capaz de ejecutar una reforma fiscal que bajaría impuestos y además produciría recursos para un gran plan de infraestructura. En estos cinco meses, Wall Street ha vivido un periodo de exuberancia irracional, una verdadera Trumpmanía.

La realidad ya alcanzó a la retórica. No hay condiciones para presentar la reforma fiscal en agosto, reconoce Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro. Los republicanos en el Congreso siguen empeñados en desmantelar el Obamacare y, en ese afán, emplearán municiones que no podrán utilizar para la promoción de los cambios en la política fiscal. La batalla por el nuevo orden tributario deberá postergarse hasta el 2018 o quizá para nunca jamás. ¿Por qué? Los cambios de gran calado requieren un presidente con mucho poder y popularidad. Si Trump no pudo generar los consensos para una revolución fiscal en sus primeros meses de gobierno, la cosa se complicará conforme pasa el tiempo. La caída en sus índices de popularidad le hará cada vez más difícil emprender aventuras legislativas de gran envergadura.

El anuncio del congelamiento de la reforma fiscal podría poner fin a la luna de miel entre Trump y las corporaciones. En ese sentido, hay que poner atención a algunos datos que empiezan a darse a conocer: la economía de Estados Unidos habría crecido apenas 0.5% en el primer trimestre del 2017, de acuerdo con la Fed de Atlanta, lastrada por malos datos de consumo privado e inversión industrial, incluyendo anémicas solicitudes de crédito de parte de las corporaciones. ¿Podrá Trump encender la flama otra vez? ¿Cómo reaccionarán los inversionistas, después del primer desencanto?

PS. Este revés del plan fiscal de Trump tiene algo bueno para México: no habrá Border Adjustment Tax. El impuesto de frontera que el presidente de Estados Unidos pretendía imponer a los bienes que ingresaran a territorio estadounidense. El fin del BAT no es una sorpresa, porque desde hace tiempo había señales de la administración Trump en ese sentido. De cualquier modo, no aleja el peligro. ¿Con qué otra ocurrencia sobre México saldrá el ocupante de la Casa Blanca?

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