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El 17 de octubre del año que hoy termina, las armas nacionales se cubrieron de oprobio. El Estado mexicano fue derrotado por pistoleros del Cártel de Sinaloa que en Culiacán impusieron la fortaleza de sus armas y su poder para crear terror entre la población con la finalidad de liberar a Ovidio Guzmán, el hijo del Chapo.

Los integrantes del Gabinete de Seguridad Pública, conformado por Alfonso Durazo, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana; el secretario de la Defensa Nacional, general Luis Cresencio Sandoval; el secretario de Marina, José Rafael Ojeda Durán; y el comandante de la Guardia Nacional, Luis Rodríguez Bucio —más jefes que apaches— reconocieron que los delincuentes se impusieron a las fuerzas armadas del Gobierno mexicano.

Según el cronograma de actividades del operativo, entregado a la Cámara de Diputados por el secretario de Seguridad Pública —90% de honestidad que está por verse y un 10% de experiencia que no se nota— ese día la Guardia Nacional comenzó a movilizarse a las 13:00 (hora del centro), sin tener una orden de cateo. Sesenta minutos después el objetivo Guzmán López arribó a su domicilio. Ya sus presuntos captores habían colocado, en la cercanía, dos círculos de seguridad. Aún no llegaba la orden de cateo. (¿Qué haciendo por aquí chicos? —quiero imaginar que preguntó Ovidio cuando vio a los uniformados. Estamos esperando la orden de cateo para entrar por ti. Ah —contestó el presunto delincuente— en cuanto llegue me avisan para evitar pérdida de tiempo. Otra cosa, no se vayan a robar mis aparatos. Les encargo mis discos). Media hora después, aún sin orden de cateo, fue rodeado el inmueble donde se encontraba Ovidio. De lo sucedido a las 15:50 transcribo del cronograma: “Inicio de las agresiones de los delincuentes contra las fuerzas de seguridad, lo que ya hizo innecesaria la orden de cateo” (sic).

De pronto la ciudad de Culiacán se hizo campo de batalla. Los sicarios circulaban en camionetas con armamento de gran poder. Bloquearon calles, quemaron vehículos y liberaron presos, causando pavor entre la población. Y no pararon hasta que liberaron a Ovidio. El buen humor de los mexicanos se manifestó en las redes sociales. El mejor meme que leí: “Tardó más tiempo Sarita en soltar el cuerpo de José José, que el gobierno en soltar al hijo del Chapo”.

Por mi parte al martes siguiente, pergeñé una columna relativa al acontecimiento a la que titulé: “Se liberan detenidos a domicilio”. En ella hice un anuncio de una supuesta empresa que contaba con armamento de grueso calibre y hombres jóvenes (plebes), bien servidos de sus drogas favoritas, dispuestos a pelear sin miedo y con apetito de sangre para liberar a cualquier delincuente, acosado por las fuerzas del Estado con orden de cateo o sin ella. Nuestros matones, añadía el anuncio, son inmunes al fuchi guácala, al regaño de sus abuelos y de sus madres —los que tienen. Por el contrario, las mamás de nuestros guerreros están orgullosas de los frutos de sus entrañas y de que éstos sean sicarios porque entre más malos pasos den sus hijos, ellas usarán mejores zapatos —concluía.

En referencia al tema, me quedo con lo escrito por la periodista Anabel Hernández, en su más reciente libro “El Traidor”, que pronto aquí se comentará: “¿En realidad el Estado fue superado en número por los narcos? ¿O los narcotraficantes pudieron actuar de manera simultánea, coordinada y sin fallas porque una parte del Estado estuvo de su parte, como ha ocurrido desde hace décadas? (…) Lo verdaderamente sustantivo es si el presidente está dispuesto a usar la fuerza del Estado para romper las décadas de complicidad entre el Cártel de Sinaloa y las instituciones del gobierno, que es lo que hace fuertes a los criminales”.

Que el 2020 sea un año feliz, feliz, feliz.