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En los comicios presidenciales de 2018, los votantes mexicanos diluyeron muchos de los contrapesos inherentes a la democracia. Dieron el poder a una mayoría absoluta y a un gobierno sin equilibrios.

Pusieron ambas cosas en manos de un viejo conocido de la política mexicana, Andrés Manuel López Obrador, y de una opción partidaria desconocida, llamada Morena.

Empezamos a ver el despliegue sin sosiego del nuevo gobierno en los días, usualmente sosegados, de las fiestas navideñas. Empieza a quedar claro, con leyes y presupuesto, el proyecto infatigable que escogieron los votantes.

Se trata de un gobierno cuyo eje es la concentración del poder en la figura del presidente y de su gobierno. La concentración tiene varios frentes.

Uno, es la reasignación del presupuesto en favor de clientelas y programas del Presidente y de su gobierno, a costa de estados y municipios, a costa también de los otros poderes y de los órganos autónomos del estado.

Otro frente es el de la creación de una estructura de poder paralela en los estados y en los municipios, mediante la figura de los superdelegados federales y sus 300 coordinaciones regionales. Una redefinición inconsulta del federalismo mexicano.

Un tercer frente es la centralización de las tareas de seguridad pública en una Guardia Nacional, con 256 bases regionales, cuyo diseño anticipa una ocupación militar del territorio, con una cadena de mandos únicos que responden al Presidente y a su gobierno.

A esto habría que agregar la consolidación territorial como partido político y el ascenso burocrático de Morena, todavía un ente amorfo, pero capaz de volverse una potente organización electoral, estado por estado, y un ejército de reserva para los puestos que deje libres la ofensiva del nuevo gobierno contra la burocracia.

Por último, pero clave: la concentración del espacio público mediante la presencia ubicua del presidente y su discurso.

La ubicuidad satura pero obliga a mirar. Convence o no convence, pero se impone, gobierna. Está presente siempre, todos los días, desde la primera hora hasta la última, con distintos temas pero con un solo mensaje: el espacio público ha de ser del Presidente y de su gobierno, nada más, con algunos convidados de piedra.

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