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Con el título de esta columna, el historiador Rafael Rojas ha tocado una vieja incomodidad de la izquierda y el nacionalismo latinoamericano con don Carlos Marx.

A propósito de la relación entre la convulsa América Latina y el expansionismo estadunidense del siglo XIX, Marx dispersó en diarios y panfletos de la época numerosos desdenes hegelianos sobre quién representaba en esos momentos el espíritu ascendente de la historia y quién su retaguardia prescindible.

En varios artículos publicados en la prensa alemana, recuerda Rojas, en 1848 y 1849, “justo cuando daban a conocer el Manifiesto Comunista”, Marx y Engels dijeron que la “conquista de México” por Estados Unidos “constituía un progreso” para “un país ocupado hasta el presente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles” (https://bit.ly/2I4yql1).

No cambió mucho la perspectiva de Marx en la década siguiente, que se describe como la de su época de madurez, a partir de los Grundrisse (1857), los borradores de su obra cumbre, El Capital.

En distintas reseñas a libros sobre la historia latinoamericana, Simón Bolívar y la guerra de Estados Unidos con México, Marx celebró a Hernán Cortés, y al general Zachary Taylor y a sus soldados, subrayando la “independencia y capacidad individual” de los estadunidenses frente a la “degeneración” de los mexicanos cuyos esfuerzos bélicos describió como “caricaturas de los guerrilleros españoles”.

La perspectiva de Marx sobre México cambió en los años 1860 y 1870, dice Rafael Rojas, acompañada de una “visión más claramente crítica del colonialismo, la esclavitud y el expansionismo de Estados Unidos en América Latina y el Caribe”.

Marx condenó la intervención francesa y el imperio de Maximiliano como una “monstruosa” empresa que pisoteaba la “autonomía” y la “dignidad” de la República mexicana, cuyo gobierno liberal “había derribado la dominación eclesiástica”.

Pero el villano de su relato no era Maximiliano, sino Luis Bonaparte, y el héroe no era Juárez, sino Lincoln, que había apoyado a los liberales mexicanos, y hasta la Doctrina Monroe, porque “había malogrado los planes de la Santa Alianza” en América.

De manera que lo que Marx admiraba en Juárez era a Lincoln, y en la gesta liberal de México, a la protección lincolniana. Oh, Marx.