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Cuando a principios de enero del 2017 se consumó la liberación de los precios de las gasolinas, la reacción social y política fue de enojo.

Repentinamente, en este país de estabilidad inflacionaria, los precios de los combustibles se elevaban de forma importante sin que el gobierno de Enrique Peña Nieto pudiera atinar a dar una explicación comprensible, de ésas de peras y manzanas, sobre por qué era mejor dejar de subsidiar las gasolinas.

Los expertos en propaganda rápidamente posicionaron el término de gasolinazo para describir la acción gubernamental de concretar la apertura del mercado de los energéticos.

A los pocos días del gasolinazo, se empezaron a registrar actos de violencia, saqueos y actos de rapiña, sobre todo en el Estado de México, que aseguraban enarbolar la bandera del enojo social.

La realidad es que se veían como grupos no espontáneos, bien organizados, que encontraron una coyuntura ideal para provocar el caos.

La prensa dilapidó al presidente Peña Nieto, en especial los que eran claramente afines al ya visible candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador. Escribían que Peña no había emitido un mensaje sensato, que se aferraba a un discurso de justificación de las acciones emprendidas y a decir que todo era por el bien del país.

Eso es cuando había gasolina, cara, pero había.

Hoy son muchas entidades que simplemente no tienen gasolina.

La Ciudad de México, que es el epicentro político del país, lleva un par de días con una sensación generalizada de escasez, derivada del desabasto de gasolinas en muchas estaciones de servicio, que han contagiado a la capital de apenas una probada de lo que ocurre en otras entidades.

Desde esa visión egocéntrica de la Ciudad de México es fácil perder de vista que hay entidades como Guanajuato, Michoacán o Jalisco que tienen más de 10 días sin combustibles en las gasolineras.

Hay historias humanas terribles, como los que viven de las propinas en las gasolineras, como los taxistas con los coches parados, como los transportistas que no se pueden mover, relatos cotidianos de miles de personas de carne y hueso que hacen ver muy mal las justificaciones políticas del gobierno federal.

Vamos a resistir, aunque nos critiquen los adversarios, porque no hay desabasto, sólo un problema de logística de entrega. En fin, una letanía de argumentos desconectados de una realidad que ya deja consecuencias económicas importantes.

Hoy, los mismos opinadores que veían una inhumana conducta de Peña Nieto por liberar los precios de las gasolinas encuentran en la tragedia humana de decenas de miles de personas que no cuentan con estos combustibles, una consecuencia sólo de la acción de los opositores al presidente López Obrador de enarbolar una bandera opositora. Sin ninguna sensibilidad ante un problema real.

Los promotores de los saqueos tras el gasolinazo del 2017 hoy están pasivos, quizá sumisos. Pero eso no implica que no haya un límite en la paciencia ciudadana.

La escasez genera una visión de túnel, donde hay una extrema concentración en la carencia. Esto provoca que una persona duerma en su auto esperando 10 horas por 10 litros de gasolina, cuando quizá puede tomar otras medidas más sensatas. También puede nublar el buen juicio social.

El uso político del tema es inevitable ante un gobierno polarizante, pero subestimar el impacto económico y social de este desabasto y su sensación de escasez puede resultar un error más caro para el gobierno federal.