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Suerte, Carlos Marín, en tu nueva tarea

Creo que el corazón del proyecto de gobierno de López Obrador es político, más que económico o social.

De todos los anuncios hechos hasta ahora por el futuro gobierno, los que describen mejor su espíritu son los de la reconfiguración del poder de la Federación.

La reconfiguración tiene dos pinzas, aparentemente opuestas: reducir las delegaciones de los estados a una sola coordinación y descentralizar el gobierno, enviando secretarías, empresas y dependencias federales a distintas ciudades de la República.

En mi opinión, las dos decisiones, aparentemente contradictorias, tienen el mismo propósito: capturar la política regional, recobrar el mando del gobierno federal sobre el territorio.

Si entiendo bien, se trata, primero, de radicar en los estados una doble trenza: de procónsules políticos y de altos burócratas federales, que sirvan como competencia y vigilancia, in situ, de la política local.

El segundo paso sería ganar las elecciones locales, llevando como candidatos de Morena a políticos que hayan sido ya poderosas figuras territoriales.

En las dos pinzas hay riesgos de pésimo aterrizaje, pero la ganancia política puede ser gigantesca: la captura regional del país para el mismo partido, por la vía democrática.

Este diseño de captura regional ha tenido ya una respuesta tajante, en contra, del gobernador electo de Jalisco, Enrique Alfaro, quien huele lo que le espera, y reacciona a tiempo.

Dice Luis Rubio que el “verdadero proyecto” de López Obrador es “llenar todos los espacios y controlar todos los resquicios de poder… para desde ahí lanzar el asalto al proyecto modernizador”. Quiere ir contra las instancias de poder —político, económico, sindical, civil— no para destruirlas, sino para someterlas (Reforma, 29 de julio 2018).

La realidad, sigue Rubio, le demostrará pronto a López Obrador que su proyecto de regreso al México centralizado de antes es incompatible con el mundo de hoy.

Creo que Luis Rubio tiene razón. Pero la historia nos enseña que, una vez tomadas por alguien todas las instancias del poder, el poder se vuelve autónomo, se alimenta a sí mismo, se aparta de su sociedad por el mismo control que ejerce sobre ella, y puede arrastrar por muchos años a sus gobernados hacia el lado equivocado de la historia.

El poder puede, aunque no tenga razón.