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El consenso de los candidatos a la Presidencia en torno al combate a la corrupción es absoluto. Han coincidido todos, durante el fin de semana, en que la combatirán como prioridad de su gobierno. López Obrador ha ido más allá: se ha comprometido a terminar con ella.

Podemos creer que todos la combatirán, pero  difícilmente que alguien acabará con ella. Del mismo modo que podemos creer a quien dice que ama a alguien, pero difícilmente a quien promete amar a ese alguien toda la vida.

La corrupción no puede erradicarse, no está erradicada ni siquiera en los países menos corruptos del mundo. Puede reducirse a niveles tolerables en una sociedad democrática, abierta y moderna, como puede llegar a ser México. Nada menos, pero nada más.

Como en tantas cosas, en esto de la corrupción la demagogia empieza con la palabra “todo”, pero sigue con la abundancia de promesas y la falta de detalles sobre cómo emprenderá cada candidato la batalla.

El que más lejos ha ido en eso es, otra vez, López Obrador: la corrupción desaparecerá a partir de su ejemplo. Cuando el presidente no robe, dice, nadie robará.

Otra vez: es más fácil creer que combatirá la corrupción “obcecadamente”, con terquedad que raye “en la locura”, como ha dicho, que creer en que su remedio funcionará.

El hecho es que la corrupción se ha instalado en el estrellato de la agenda de gobierno de los tres candidatos centrales de 2018, pero ninguno  sabe de una manera clara, creíble, cómo cumplirá la tarea.

Digamos que en este asunto de la corrupción, la campaña está empezando. Añado, dado lo que dicen las encuestas, que el candidato de mayor credibilidad en la materia es López Obrador, pero si cree que con ello bastará para conservarla en los meses que siguen, probablemente se equivoca.

Un esfuerzo inteligente de sus adversarios para llegar a propuestas detalladas, precisas, puede arrebatarle la credibilidad en la materia.

La campaña es todavía muy larga, el país muy grande, la corrupción muy extendida y seria, como para pensar que la voluntad obcecada de alguien basta para resolver el problema o siquiera para plantearlo correctamente.

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