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Para empezar, deseo hacer una aclaración. Cuando escuché en voz del expresidente López Obrador, la expresión ‘abrazos y no balazos’, la interpreté como un llamado, ingenuo e, inclusive, utópico, del tabasqueño a la delincuencia para que hicieran las paces y dejaran de pelear entre sí.

También llegué a pensar que era un mensaje cargado de ironía contra la guerra que inició Calderón en oposición al narco, misma que el gobierno de Peña Nieto continuó y que, en el contexto que yo, equivocadamente, percibí, el gobierno de la 4T no iba a permitir que siguiera.

No pasaron muchos meses sin que me diera cuenta que mi apreciación era errónea. El concepto de ‘abrazos y no balazos’ de AMLO significaba ir a las causas no a los efectos. Esto es, la falta de educación, de oportunidades, la pobreza y las familias disfuncionales, eran (son) el caldo de cultivo para que los jóvenes escogieran (escojan) la delincuencia como forma de vida. Erradicar, en seis años, este germen es imposible. De ahí la equivocación del gobierno anterior que incluyó la candorosa amenaza presidencial de acusar a los maleantes con sus mamás, con sus papás, con sus abuelos. Ante tal puerilidad, los abrazos se ausentaron y los balazos —muertos y heridos— se hicieron presentes en grado superlativo. Hasta aquí mi opinión de los ‘abrazos y no balazos’.

El 2 de septiembre del 2021, llegó a México como embajador de EU un demócrata de origen hispano y de consustancial sombrero tejano que al parecer no se quita más que en la ducha, Ken Salazar, quien enseguida congenió con el, entonces, Presidente de la República al grado de respaldar medidas políticas de la 4T. Como el apoyo que brindó al gobierno obradorista en la discusión sobre la reforma eléctrica.

El acercamiento diplomático de Salazar con el gobierno mexicano era preocupante para la administración de Biden. Varios funcionarios estadounidenses manifestaron su recelo por el hecho de que su embajador parecía, en ocasiones, contradecir las políticas de su gobierno y apoyar las del presidente López Obrador.

Don Ken, entraba y salía de Palacio Nacional como Peter in his house. Andrés Manuel, dijo de él que era su amigo. “Es un hombre bueno y sensato; además, simpático. Tenemos una gran relación”.

Fue hasta pocos días antes de que el gobierno de López Obrador concluyera, cuando Salazar, como antiguamente hacían los priistas con el que iba de salida, se le volteó. El origen de la desavenencia fue la, hasta ahora, no del todo aclarada captura de Ismael el Mayo Zambada y la crítica de Ken hacía la reforma judicial que provocó que López Obrador no permitiera que el embajador estadounidense opinara lo que estaba mal en su gobierno y puso en pausa la relación con EU.

Al terminar el gobierno de López Obrador, Ken Salazar, el mismo que se había dicho amigo del que fue nuestro presidente, el constante invitado a Palacio Nacional, despotricó contra la estrategia de ‘abrazos y no balazos’ que fue un fracaso; lo cual si bien fue cierto, por qué el entrometido diplomático esperó, cobardemente, a la ausencia de Andrés Manuel para decirlo. Y aunque se lo hubiera dicho frente a frente el quehacer de un embajador no es juzgar al gobierno que le abre sus puertas. También criticó la austeridad republicana para combatir a la delincuencia y la negativa del expresidente a recibir 32 millones de dólares como ayuda para la seguridad. Seguramente AMLO no quiso recibir ese dinero sabedor de que EU no da paso sin huarache.

Total, terminó el sexenio del tabasqueño y quedó demostrado que los diplomáticos en cuestión de amistad son más falsos que Trump luchando a favor de los Derechos Humanos de los migrantes.

Punto final

En San Pedro Sula, Honduras, Javier Aguirre, entrenador nacional de México, resultó descalabrado. Hasta el momento no se sabe si el aficionado que lanzó el proyectil contra Aguirre era hondureño o mexicano.