Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

El doctor “Pejekyll” y Mr. Hyde

Rafael-Cardona

Rafael CardonaEl Cristalazo

En la conducta de los políticos, unos más otros menos, la veleidad, sirve casi siempre a los intereses inmediatos, en perjuicio de cualquier convicción, si de verdad alguno tuviera convicciones

“…Yo, por mi parte, a causa de la naturaleza de mi vida, avancé infaliblemente en una dirección y sólo en una. Fue en el terreno de lo moral y en mi propia persona donde aprendí a reconocer la verdadera y primitiva dualidad del hombre. Vi que las dos naturalezas que contenía mi conciencia podía decirse que eran a la vez mías porque yo era radicalmente las dos…”

 

Con  estas palabras aborda Robert Luis Stevenson, en “El doctor Jeckyll y Mr. Hyde”— el claroscuro del hombre. Su naturaleza dual. A veces en la política, la única naturaleza, abundante en la duplicidad, el doblez, la ambigüedad, la bifrontalidad, la disociación.

Pero eso es en la profundidad del alma.

En la conducta de los políticos, unos más otros menos, la veleidad, sirve casi siempre a los intereses inmediatos, en perjuicio de cualquier convicción, si de verdad alguno tuviera convicciones.

La mayor parte de las veces, expresión anfibia. O el cinismo de la desmemoria.

El 28 de mayo –célebre 28 de mayo—de 2019, el Señor Presiente desde su cátedra aprobaba  la suspensión de emisiones “informativas” (pura propaganda mal encubierta; reafirmación de tesis electorales, auto promoción y ruta persuasiva) durante los periodos electorales (como ordena la Constitución cuyo texto desacata):

 “—Sí, sí, bueno, mientras está, vamos a decir el periodo (electoral). 

–“¿La veda?

 “–Sí, sí, no hay ningún problema que se suspenda.

¿Por qué? 

“Porque se puede informar de otra manera, no yo.

 “O sea que ya en lo que corresponde a nosotros a partir de mañana ya no se transmiten, bueno de hoy si tenemos algo por la tarde…

 “Saben que le tengo mucha confianza al pueblo, a la gente, el pueblo está muy consciente, muy sabido de las cosas, más que nosotros, la gente está muy despierta, muy avispada”.

Pero esa misma voz dijo estas otras palabras en un sentido absolutamente opuesto. La docilidad legalista de hace un tiempo, le dejó su lugar a la verdadera vocación: la pendencia, el conflicto, la incontinencia verbal, el agravio.

“…La transmisión, o sea, que no se transmitan. O sea, es que, como ya está de moda a nivel mundial la censura, ya nos quieren silenciar. Realmente es una actitud de mucha intolerancia. ¡Cómo nos van a quitar el derecho de expresión, de manifestación! ¡Cómo le quitan al pueblo el derecho a la información!

 “…¿Qué va a hacer el gobierno federal estos dos meses de campaña?

“–Son dos cosas:

 “–Primero, acudir a las instancias judiciales en el caso de que haya una prohibición, porque sería un acto de censura, sería un agravio, un atentado a la libertad. Eso no puede prosperar desde el punto de vista constitucional, desde el punto de vista legal.

 “Y lo segundo, yo aprovecho para convocar a los mexicanos a que opinen si está bien que el INE nos silencie, si está bien que en México, nuestro país, no pueda hablar y  el presidente, no pueda informar.

 “Y que no se preocupe el director del INE. No somos iguales. Nosotros venimos de una lucha en donde hemos enfrentado siempre las prácticas antidemocráticas que él ha avalado, porque él se ha hecho de la vista gorda ante los fraudes electorales, ante las violaciones a la ley. Él, por consigna, entregaba candidaturas, registros para nuevos partidos…

 “…Nosotros tenemos principios, tenemos ideales. Nosotros no vamos a hacer nada que afecte la democracia…” 

Ante semejante contradicción cualquiera se pregunta: ¿cuál de estos dos discursos es el verdadero? ¿Quién habla, el militante o el presidente? ¿El doctor Pejekyll o Mr. Hyde? ¿A quien escuchar, a quien entender?

La respuesta, quizá la ofrece Stevenson:

“…Si cada uno, me decía, pudiera alojarse en una identidad distinta, la vida quedaría despojada de lo que ahora me resultaba inaguantable. 

 “El ruin podía seguir su camino libre de las aspiraciones y remordimientos de su hermano más estricto. El justo, por su parte, podría avanzar fuerte y seguro por el camino de la perfección complaciéndose en las buenas obras y sin estar expuesto a las desgracias que podía propiciarle ese pérfido desconocido que llevaba dentro. 

 “Era una maldición para la humanidad que esas dos ramas opuestas estuvieran unidas así para siempre en las entrañas agonizantes de la conciencia, que esos dos gemelos enemigos lucharan sin descanso” . 

 Así pues en la lucha constante de la dualidad, el hombre se extravía en sus contracciones. ¿Es este un texto de literatura fantástica o Stevenson podría ser cronista de la 4-T?

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