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Cuatro de los últimos cinco sexenios tienen como común denominador haber enfrentado una recesión. Algunas importadas, otras con origen nacional, pero todas con repercusiones en el desempeño económico nacional.

Desde los tiempos de Carlos Salinas de Gortari y hasta el sexenio de Felipe Calderón ha habido años terribles para el desempeño económico.

Lo bueno del sexenio de Salinas de Gortari fue que tuvo un desempeño excepcional del Producto Interno Bruto (PIB), que creció en promedio 4 por ciento. Lo malo fue que lo hizo con trampolines artificiales que acabaron por desembocar en el error de diciembre.

Esa crisis fue gestada por Salinas y mal administrada por Ernesto Zedillo. Pero al final, la caída brutal de 1995 se le tiene que adjudicar a Zedillo Ponce de León, pero también la tiene que cargar Salinas de Gortari.

Durante 1995 el PIB se derrumbó 6.4 por ciento. Como sea, Ernesto Zedillo acabó su sexenio con un crecimiento promedio de 3.4 por ciento.

Los cambios estructurales muy afortunados del sistema financiero del gobierno de Zedillo permitieron que desde el sexenio de Vicente Fox y hasta la actualidad hayamos tenido paz macroeconómica y la ausencia total de una crisis provocada desde dentro del país.

Sin embargo, llevamos varias generaciones sin motores de crecimiento, que no se han creado por impericia política y por intereses electorales rupturistas.

Así, Vicente Fox, con todo y sus excedentes petroleros, pero con el lastre de la crisis por los atentados terroristas del 2001 en Estados Unidos, que implicó una caída del PIB mexicano ese año de 0.4%, tuvo una tasa de crecimiento promedio sexenal de 2.3 por ciento.

A Felipe Calderón le estalló una crisis externa, generada en Estados Unidos, que le costó a México una caída de su PIB durante el 2009 de 5.3 por ciento. Con esto, el crecimiento promedio del calderonismo fue de 2.2 por ciento. En este caso es justo considerar que sin la crisis subprime y la gran depresión mundial, la economía mexicana habría crecido en el sexenio de Felipe Calderón algo así como 3.5 por ciento.

El sexenio de Enrique Peña Nieto ha sido el único de estos cinco citados que no ha tenido un año recesivo de principio a fin. De hecho, sólo presentó un trimestre con resultado negativo que se revirtió rápidamente.

Sin embargo, con todo y los cambios estructurales, nunca logró el dinamismo suficiente para disparar el crecimiento hasta 5% prometido. El crecimiento promedio del PIB el sexenio pasado fue de apenas 2.17 por ciento.

El actual sexenio, al que sólo le quedan cinco años y nueve meses, inicia con un frenazo económico que podría arrojar un primer dato negativo en este arranque de año.

No hay en todos los planteamientos del actual gobierno algo que pueda aparecer como un motor de crecimiento. Hay una falta de combustibles suficientes para la industria, hay violencia extrema y extendida. La extracción petrolera está en crisis y sin planes de mejora. Hay polarización y enfrentamiento con el sector empresarial y los programas sociales son asistencialistas, que no generan valor agregado.

La expectativa optimista, hasta hoy es que esta administración pudiera emular el crecimiento de los últimos tres sexenios, en torno a 2% como máximo. Y la esperanza, que se eleva a nivel de plegaria divina, es que pueda fluir el sexenio sin que se provoque una recesión interna.

Porque a pesar de no haberlos contabilizado ahora, siempre nos quedará el trauma de los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo, que provocaron una crisis que le estalló en las manos a Miguel de la Madrid y que afectó a varias generaciones de mexicanos.

Esos gobiernos hay que tenerlos siempre presentes para no repetir la historia.