Desde que inició la crisis en el 2008, una de las principales preocupaciones de los bancos centrales del mundo desarrollado ha sido evitar un escenario de deflación similar a lo ocurrido en la Gran Recesión. Esto ha llevado a los principales bancos centrales, liderados por la Reserva Federal (Fed), a embarcarse en un experimento de expansión monetaria inédito y de proporciones históricas.

Tanto la Fed, como el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Japón (BoJ) han bajado sus tasas de interés a niveles históricamente bajos y han refrendado su compromiso de mantenerlas ahí por un periodo prolongado. Adicionalmente, la Fed y el BoJ han tomado medidas extraordinarias de carácter no convencional para inyectar cantidades inusitadas de liquidez a la economía mediante la impresión de circulante destinado a la recompra de diferentes activos financieros.

Aunque la Fed ha decidido que la situación económica en Estados Unidos ha mejorado lo suficiente para concluir su programa de recompra y limitarse a reinvertir los intereses ganados y los pagos del principal de los instrumentos adquiridos, el BoJ acaba de anunciar un incremento que prácticamente multiplica por ocho el tamaño de su programa.

En el caso del Banco Central Europeo (BCE), la historia es diferente. Si bien en los inicios de la crisis actuó de manera decisiva para bajar las tasas e inyectar liquidez para evitar el congelamiento del sistema financiero, durante los últimos tres años ha tomado una postura mucho más conservadora que la Fed y el BoJ.

Para el 2011, el BCE ya estaba restringiendo su política monetaria mediante un alza de tasas y para mediados del 2012 ya había comenzado a reducir de manera importante el tamaño de su balance. La falta de apoyo de una política monetaria más agresiva, en conjunto con las medidas de austeridad fiscal y la falta de reformas estructurales en gran parte de la zona euro han incrementado la probabilidad de una nueva recesión y de un escenario de deflación en Europa. Esta situación se ha hecho cada vez más evidente y el BCE se ha puesto a trabajar, bajando las tasas de interés a mínimos históricos y reiniciando un proceso de expansión de su balance.

Desafortunadamente, esto ha sucedido de manera relativamente tímida. No obstante, en su última reunión de política monetaria, llevada a cabo la semana pasada, Mario Draghi, presidente del BCE, declaró que ante el creciente riesgo de deflación, el banco central utilizará todas las herramientas a su alcance, incluyendo nuevas medidas heterodoxas, en caso de ser necesario -lo que en la opinión de este columnista seguramente ocurrirá.

Esta semana se publican datos de inflación y producción industrial para la zona euro y en ambos casos las cifras deben darle suficiente evidencia al BCE de que las medidas tomadas hasta ahora son insuficientes y que por lo menos debe incrementar el tamaño de su balance al nivel máximo que alcanzó durante el 2012.

A pesar de la aversión natural de los alemanes a la inflación -por moderada que ésta sea- las autoridades europeas deben saber que en el entorno actual el riesgo principal es el de un escenario de deflación y una década perdida para Europa y por lo tanto deben actuar de manera más decisiva. Ya veremos si Draghi logra convencer al resto de los miembros del Consejo del BCE.