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Los resultados de México en la prueba PISA muestran que la educación fue una catástrofe paralela a la pandemia.

El mal manejo mexicano de la pandemia produjo 780 mil muertes en exceso. Japón, con una población similar a la nuestra, tuvo menos de 50 mil.

Ahora, por los resultados de PISA nos enteramos de los daños del manejo de la educación durante la pandemia.

No son cifras de muertos sino de una caída en la calidad de la educación, cuya consecuencia apunta al hecho de que millones de niños y jóvenes mexicanos no verán cumplirse en ellos una de las más sencillas y profundas esperanzas que hay en el país: la esperanza de que los hijos, por el hecho de ir a la escuela, vivirán mejor que los padres.

La escuela es el pilar de esa esperanza de movilidad social para la inmensa mayoría de los mexicanos. Lo ha sido siempre y, en mayor o menor medida, ha sido una esperanza cumplida.

La educación mexicana no ha sido nunca ejemplo de calidad mundial, pero había mejorado respecto de sí misma.

Entre 1990 y 2018, nos recuerdan Santiago Levy y Luis Felipe López Calva, “la escolaridad promedio de los trabajadores mexicanos aumentó 44%, de 6.7 años en 1990 a 9.7 en 2018” (¿Qué falló? México 1990-2023, en Nexos, agosto 2023).

PISA nos dice que la educación mexicana empeoró. La vida de los hijos no será mejor que la de los padres por haber ido a la escuela en los años de gobierno de López Obrador.

PISA nos da el registro numérico de la traición a una esperanza popular, al pacto tácito, en muchos sentidos fundacional, de la relación entre gobernantes y gobernados en este país: tú vives mal pero tus hijos vivirán mejor por la educación pública, que te da el Estado.

Hace rato que el Estado no daba esa escuela prometida o la daba fundamentalmente en cantidad. Los años de mediocridad, pretensiones y abandono real de la educación bajo este gobierno, han hecho un daño enorme también a la calidad.

No hay más que ver los resultados de PISA. No hay más que ver a las dos últimas secretarias responsables del ramo.