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“La realidad no es una”, titula José Woldenberg su artículo de ayer, y procede a recordar el cuento del viejo, el niño y el burro que venían caminando juntos, suscitando comentarios encontrados:

El viejo y el niño eran unos tontos, decían unos, pues iban caminando cuando el burro podía cargarlos. Se subió el viejo al burro y les pareció a otros un abuso del viejo contra el niño. El viejo subió al niño al burro y otros dijeron que abusaban los dos del burro. Se bajó el viejo del burro y entonces pensaron otros que el niño abusaba del viejo.

El enredo es insoluble pero expresivo de la pluralidad de opiniones a que pueden dar lugar los mismos hechos.

Ojalá lo que sugiere el cuento del burro, el niño y el viejo fuera lo que está sucediendo en México: una diversidad de percepciones nacidas de la observación de los mismos hechos.

Los hechos del cuento, en realidad, no son exactamente el mismo: uno es los tres caminando, otro es el viejo solo montado en el burro, luego el niño y el viejo montados en el burro juntos y finalmente el niño solo en el burro.

Son situaciones distintas en las que no faltan nunca, sin embargo, ni el burro, ni el niño, ni el viejo.

Lo que está sucediendo en México no es que el gobierno esté mirando alguna de las variaciones posibles de los hechos, y los medios, los críticos y los observadores, otra.

Lo que sucede cada vez más acentuadamente aquí es que el gobierno y sus seguidores ven una cosa que los demás no ven, por lo cual existe cada vez menos el lugar intermedio donde converger y convenir acciones comunes.

Si el gobierno piensa que la pandemia ha sido bien manejada y que vamos saliendo de ella, no hay nada que hacer, el problema está resuelto. Lo mismo sucede con la crisis económica. Si el gobierno cree que repuntará en agosto y el T-MEC nos sacará del hoyo, no hay nada que hacer, aparte de esperar.

Igual con la violencia, la educación, la pobreza. El diálogo del gobierno con la sociedad que no ve lo que él está suspendido.