Minuto a Minuto

Nacional ‘Hip Hop por la Paz’ reúne a 530 participantes de 88 centros penitenciarios
El primer lugar de Hip Hop por la Paz fue para Sociedad Lírica Fénix, del Centro Penitenciario de Acapulco, Guerrero, por la canción Vida, muerte y paz
Nacional Industria química reclama energía pese a tener un 30 % de capacidad ociosa
La industria química tiene ocioso el 30 % de su capacidad y pidió garantizar el suministro de gas, electricidad y materias primas a precios competitivos
Nacional Juan Villoro destaca la importancia de “la crítica justa” al recibir Premio Carlos Fuentes
Juan Villoro destacó que América Latina sea una excepción ante el avance de la ultraderecha, aunque advirtió que aún falta mucho por hacer
Nacional La soberanía no se negocia: Roberto Velasco ante el Senado
Roberto Velasco resaltó que en este 2026 llegó a la conclusión de que la cooperación y la soberanía "avanzan juntas"
Entretenimiento Jesse Huerta anuncia primer álbum solista tras salida temporal de Jesse y Joy
Huerta anunció un acuerdo de distribución global con Virgin Records para su etapa como solista, cuya música lanzará bajo su sello Nebulosa Records

Luego del triunfo de Joseph Biden en Estados Unidos, quiero volver en este espacio, ahora con alguna certeza, a lo que escribí hace tres semanas con difusa esperanza (“La sombra de Trump”, 14/11/2020). El triunfo de Biden puede tener un efecto de recuperación del crédito mundial de la democracia. Ha traído, por lo pronto, una sensación global de alivio, manifiesto en la adhesión al triunfo de Biden de los gobiernos del mundo.

La victoria de Trump de 2016 fue el clímax de un horizonte de crisis de las democracias. La derrota de Trump quizá termina ese ciclo de descontento y abre otro de deslegitimación del “autoritarismo con votantes”: el autoritarismo de las “democracias iliberales”.

El descontento democrático del presente siglo cobró su cuota igual en las democracias viejas y probadas, como Estados Unidos y Gran Bretaña, en las muy igualitarias de Europa Occidental, en las recuperadas por América Latina durante los años ochentas del siglo pasado y en las surgidas del antiguo bloque socialista después de 1989.

La crisis de 2008 fue un golpe devastador para los países democráticos, pues los mostró incapaces de sostener el bienestar económico de sus ciudadanos y de contener a los poderes fácticos financieros de cada país y del mundo. Aquel ciclo de descontento tuvo su clímax en las elecciones estadunidenses de 2016, que llevaron al poder, en la democracia más vieja y probada del mundo, a un candidato que encarnaba la anomalía democrática misma: Donald Trump.

El triunfo de Trump le dio la razón a quienes percibían, con alarma y lucidez, la capacidad de autodestruirse de las democracias. Hizo reír también a sus adversarios dictatoriales. Putin pudo decir lo mismo que Jinping: ¿Esa es la democracia que celebran, la que es capaz de elegir a Trump?

El triunfo de Trump creó también un paraguas de legitimidad para otros líderes autoritarios del mundo, electos, como él, democráticamente. Estos líderes autoritarios, hijos del desencanto democrático, quedaron bajo la sombra de Trump. Su “autoritarismo con votantes” podía alegar que tenía carta de ciudadanía en la mayor democracia del mundo. El triunfo de Biden pone fin a la legitimidad de gobernantes parecidos a Trump. Nos recuerda que las democracias pueden equivocarse, pero también pueden corregir.