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Por ser quien es, Trump amarró la candidatura del Partido Republicano y no tardó en alcanzar a Hillary Clinton en las encuestas. Aprovechó el hartazgo frente al establishment político de Washington y su incapacidad para dar respuesta a las demandas del electorado. Convirtió sus defectos en intenciones de voto. Al menos así fue hasta hace dos semanas.

Desde hace tiempo se decía que Trump era un sociópata, como lo calificó Tony Shwartz, el coautor de su libro El arte de la negociación. Lo que hemos conocido de él por las revelaciones periodísticas de las pasadas dos semanas nos lo ha venido a confirmar escandalosamente. De todo lo que ha salido a la luz pública, lo que mejor delinea ese perfil es el audio en el que presume su habilidad para aprovecharse de las mujeres por ser una celebridad.

Montado en la imagen de éxito empresarial y en abierto desafío a todas las reglas de la corrección política, Trump encendió las peores pasiones de un electorado golpeado por la crisis económica, atemorizado por los inmigrantes y sin fe en el “sueño americano”.

En la base de esta respuesta está la crisis económica de 2008. Aunque en 2015 se registró el mayor aumento en décadas del ingreso de la típica familia norteamericana, la mayoría de ellas todavía no recupera los niveles previos a la crisis.

Pero ni todo es economía ni las preferencias electorales son inamovibles. También influye la percepción del temperamento para ser presidente y ahí Hillary tiene una enorme ventaja, tanto entre los electores demócratas como en los independientes, esos que probablemente definirán la elección.

Así, aunque la gran mayoría de quienes se consideran republicanos niega que los recientes comentarios de Trump afectarán su voto, un porcentaje importante de los independientes asegura que ahora es menos probable que lo respalde en las urnas.

Sin esos votantes, el triunfo el 8 de noviembre se ve imposible. Trump ya no puede hablarle solo a los suyos, aunque así lo haya hecho en el segundo debate. Necesita además a un electorado que parece rechazar las expresiones más grotescas de su sociopatía.