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El ya lejano año de 1915 fue conocido en México como “El año del hambre”. Metidos de lleno en batallas fratricidas en la fase armada de la Revolución, los campesinos libraban una extraña guerra civil (o varias), y los campos eran más cementerios y menos sementeras.

En España se sabe de eso, por desgracia.

Ahora en el siglo XXI, este año terminado será conocido, tantos años después como el “Año de la mentira”. El actual gobierno capaz de rimar mendaz con incapaz, ha perdido todo control sobre los aspectos más importantes: fracaso en salud, derrumbe en economía e ineptitud frente a la violencia.

Entre muertos por epidemia y asesinados por mano humana, ya llevamos más de un  cuarto de millón… y contando. En diez años de revoluciones y asonadas, hubo casi un millón de muertos, dicen.

Para desgracia actual, cada capítulo por revisar es una muestra de ineptidud a la cual se le coloca por delante un tinte heroico y justificante: lo hemos hecho para acabar con  la corrupción. El desastre nacional, ya inocultable, es apenas un daño colateral.

Decía en sus memorias Luis Buñuel algo ahora aprovechable para los mexicanos.

“…Contra Franco íbamos mejor…”

Hoy se han sufrido apagones extendidos cuya oscuridad ha abarcado estados completos de la República. La culpa ha sido de los pastizales incendiados. Siempre la culpa la tiene el fuego sobre el zacate y uno se pregunta, dos cosas, ¿por qué antes los incendios rurales no nos dejaban a oscuras? ¿O no había fuego?

Y la otra, si no se puede controlar la red eléctrica, por lo menos apagar a tiempo la quemazón de los campos.

A ese paso, con todo y su “llano en llamas”, deberíamos llamar a difunto Juan Rulfo para desde el más allá y encargarle la Comisión Federal de Electricidad. Un petardo.

Las peores mentiras fueron en el año ido, las relativas al control de la epidemia.

El presidente de la República, en una actitud incomprensible de protección de su imagen (como todos los populistas él es invulnerable, fuerte, poderoso, potente, acertado, infalible, etc.,  etc.), rechazó de plano poner el ejemplo de proteger su respiración con un simple cubrebocas. Usarlo o no usarlo se convertiría en  la absurda lucha de adherentes y opositores, en una bandera política.

El resultado fue el agravamiento de los contagios, porque el gobierno hacía una cosa mientras la Organización Mundial de la Salud recomendaba lo contrario. Ni pruebas, masivas, ni cubrebocas, ni clausura.

Demasiados idiotas murieron por esta extraña forma de comprender la libertad social.

Y para la divulgación de las patrañas, que llegaron hasta la exhibición presidencial del Sagrado Corazón de Jesús como  un “detente” contra la enfermedad, se designó a un merolico infumable llamado López Gatell a quien el pueblo ha bautizado como López “Gatinflas,” en memoria del enrevesado cómico mexicano cuyo verbo envolvente mareaba, pero no decía nada.

Mentira sobre mentira el Presidente aplaudía cada mañana su propia obra; elogiaba sus decisiones y ponía como ejemplo de acierto planetario, sus errores. Además de fracasadas sus decisiones nos llevaron al campeonato mundial del humorismo involuntario.

Sin embargo la resistencia general ha sido notable. Sin medicinas, con un cuerpo médico y asistencial agotado, en muchos casos exhausto, enfermo, los atestados hospitales se han convertido en pabellones del horror.

Enfermos en los pasillos o en los estacionamientos; respiradores ocupados y una propaganda imbécil de la disponibilidad de vacunas casi experimentales, que obviamente no van a alcanzar para todos los habitantes.

En el mejor de los casos se podría vacuna a treinta millones de mexicanos. Los otros noventa millones, como dijo el gallego, que se jodan y se sigan contagiando los unos a los otros.

Mientras tanto se importan médicos cubanos y se hace una rotación arbitraria de los doctores  de otros estados para atender los insuficientes hospitales de la Ciudad de México.

También se anuncia la autorización de la junta sanitaria (en manos del merolico Gatinflas, como quien pone el cáliz en manos de Lutero) para la vacunación por parte del sector privado.

Y así nos sorprende la mañana dormilona del primero de enero. Decimos y deseamos felicidades por inercia aunque sepamos todos, lo imposible de cumplir con esas intenciones.

El año 2021 será igual o peor.