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Antes de redactar el presente texto, el tema lo he paseado durante mucho tiempo por mi razón. He investigado el origen de mi duda y consultado con la lingüista Paola Reynaga. Finalmente lo publico en el día que comienza la veda electoral.

Mi inquietud nació desde el momento en que a Claudia Sheinbaum y posteriormente a Xóchitl Gálvez, sus partidarios comenzaron a llamarlas: ¡presidenta, presidenta!. Algo me decía que la feminización del sustantivo no era lo correcto. Inclusive, íntimamente, no estuve de acuerdo cuando, en los años noventa, una obra de teatro escrita por los dramaturgos franceses Bricaire y Lasaygues con el nombre original de “Et ta soeur?” (¿Y tu hermana? en español) el actor, director y empresario Gonzalo Vega llevó a la escena mexicana con el vendedor título de “La señora presidenta”. Siempre pensé que debió llamarse “La señora presidente”, sin menoscabo de su éxito comercial.

Pienso que el lenguaje es un sistema de comunicación que tiene su propia estructura y reglas. Su función va más allá de la comunicación pues es a través de él que comprendemos y codificamos al mundo y la forma en que lo experimentamos.

El lenguaje es dinámico, por eso no es extraño que esté sujeto a cambios y adaptaciones que poco tienen que ver con lo estrictamente lingüístico. Tal es el caso del surgimiento del lenguaje inclusivo, estrechamente ligado con movimientos sociales y culturales que buscan visibilizar la diversidad social y de género.

Aunque no es el lenguaje inclusivo lo que pretendo discutir en mi escrito, vale la pena echarle un vistazo a algunas de sus manifestaciones , sobre todo a aquellas que, desde un punto de vista puramente lingüístico, no tienen mucho sentido. Tal es el caso de la palabra presidenta, que, empujada por aspectos sociales, toma la forma en femenino cuando no debería de hacerlo, según la regla que rige su formación.

Palabras como la arriba citada son derivadas de verbos y toman el sufijo —nte para referirse a la persona que realiza la acción del verbo. Por ejemplo: hablar, hablante; amar, amante; caminar, caminante; dirigir, dirigente. Nadie se refiere a una mujer que estudia como estudianta, o a una mujer que canta como una cantanta. La regla es clara independientemente del género de la persona que ejecuta la acción, la raíz verbal toma el sufijo —nte. (El corrector de la computadora ya me las subrayó en rojo, no sin antes sostener una pelea ante su necedad de escribirlas correctamente).

¿Por qué existe la creencia de que a la mujer que preside se le debe llamar presidenta? Aquí es donde interviene la influencia de los factores que tienen que ver más con aspectos sociales y de género que con características intrínsecas del lenguaje. Si bien la RAE ya reconoce que el uso del sustantivo presidenta es correcto; tampoco es incorrecto decir: “Ella es la presidente del país”; aunque haya personas que lo perciban como una forma machista.

La existencia de la palabra sirvienta, que en teoría participa de la misma regla del sufijo —nte y que por siglos se ha considerado correcta por la propia e inflexible RAE, para describir a la mujer que sirve, lo cual es un reflejo de la realidad laboral y de las estructuras sociales a las que las mujeres se han visto sujetas a través del tiempo, independientemente de las reglas que rigen la lengua, es un antecedente para justificar la incorporación de la palabra presidenta al idioma y considerarla adecuada.

Finalmente el lenguaje es de quienes lo hablamos y si una de sus funciones es reflejar la realidad y la forma en que se va transformando la sociedad, no resulta disparatado admitir que una mujer no está limitada a ser sirvienta y puede, también, ejercer como presidenta.

Punto final

Si no entiendes lo que es reciprocidad, ve al parque y juega un rato tu solo en el sube y baja.