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La fuerte escalada en la disputa comercial entre Estados Unidos y China, observada a partir del distanciamiento entre las dos potencias a principios de mayo, ha venido generando una creciente confrontación que para algunos expertos amenaza con convertirse en una nueva guerra fría.

Los asesores cercanos del presidente Trump, incluyendo a su equipo comercial, integrado por Robert Lighthizer y Peter Navarro, su equipo de seguridad nacional, encabezado por John Bolton, y la secretaría de Estado, a cargo de Mike Pompeo, han abogado por una postura cada vez más agresiva contra China, identificando al gigante asiático como la principal amenaza a la hegemonía global de Estados Unidos.

Lo que empezó como una negociación comercial se está convirtiendo en una disputa geopolítica que va mucho más allá de la disminución del déficit comercial de Estados Unidos con China.

Como hemos comentado en diversas ocasiones en este espacio, la disputa comercial contra China tiene ciertos méritos. La entrada de China a la OMC no ha sido suficiente para emparejar el terreno de juego, ya que China mantiene barreras no arancelarias importantes a la inversión extranjera incluyendo la obligación de tener socios locales y de transferencia forzada de tecnología. Aunque China parecía estar totalmente dispuesta a incrementar sus compras de bienes fabricados en Estados Unidos y relajar algunas reglas para la inversión extranjera, el tema de las transferencias de tecnología parece haber sido uno de los puntos álgidos donde China no ha estado dispuesto a ceder lo esperado por Estados Unidos.

Esto ha llevado a una mayor agresividad de la postura estadounidense, que ha ido más allá de la implementación de aranceles y se ha extendido a temas estratégicos para China. En este sentido, Estados Unidos ha incrementado la presión para que sus aliados no participen en la iniciativa china de la Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative), ha vetado a la empresa estatal de telecomunicaciones china Huawei y ha incrementado su presencia y actividad militar en el mar del Sur de China.

El veto a Huawei como proveedor de productos y servicios en Estados Unidos bajo el argumento de seguridad nacional es un golpe al corazón de la política industrial china. Las ramificaciones son amplias y muy interesantes.

La evolución de Huawei que comenzó como una compañía de manufactura a una compañía desarrolladora de tecnología es el mejor ejemplo de cómo China ha sacado provecho a sus reglas de inversión extranjera para aprender y adoptar tecnologías de terceros en condiciones muy favorables.

El modelo económico de China para los próximos 20 años pretende la evolución de una potencia manufacturera a una economía basada en la innovación y la tecnología. La disputa actual con Estados Unidos es, cada vez más, percibida por los dirigentes chinos como una amenaza directa a la piedra angular de su modelo de política industrial.

Para expertos como Nouriel Roubini, una guerra fría con China podría ser mucho más disruptiva para la economía global que la que Estados Unidos mantuvo con la Unión Soviética durante casi toda la segunda mitad del siglo XX.

A diferencia de la Unión Soviética, que basaba su poderío en su proeza militar e ideológica, pero sin fortaleza económica y con un modelo insostenible, China es la segunda economía más grande del mundo y está integrada a las cadenas productivas globales.

La economía mundial de la era de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética no era realmente una economía global con cadenas de producción integradas a nivel internacional. Una nueva guerra fría sería un nuevo golpe a la globalización que tanto ha contribuido al desarrollo económico y tecnológico.

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