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Es justo en este momento cuando el presidente de Estados Unidos lanza flores al candidato ganador de las elecciones presidenciales, cuando menos tenemos que creer que Donald Trump cambió su actitud hacia México.

Es mucho más fácil creer que el republicano ve una ventana de oportunidad para sacar provecho de un grupo de futuros gobernantes sin experiencia y con una desbordada necesidad de marcar diferencias con los que se van.

Es la oportunidad que esperaba el lobo feroz para saltarle a la caperucita roja con un discurso de adulaciones y supuestas similitudes en los planes comunes, cuando la verdadera intención es comerse a la caperucita y hasta a la abuelita.

No es por lo bien que le cae López Obrador a Donald Trump, o por lo mucho que el virtual presidente electo mexicano cree que se parecen los dos, por lo que se podría lograr una renegociación exitosa del acuerdo comercial.

Lo que hay realmente es una presión extraordinaria por parte de muchos sectores productivos y financieros estadounidenses para que el gobierno de Washington deje de desgastar la relación comercial y política con sus vecinos y cierre ese frente de guerra abierto por la Casa Blanca.

El “dramatic deal with Mexico” que presumió esta semana Donald Trump es precisamente la señal que necesitaba el equipo de Andrés López para refrendar la ruta negociadora del gobierno actual.

Ni un paso atrás al trabajo alcanzado por México y no escuchar el canto de las sirenas que prometen una lluvia de flores al paso de los dos presidentes anti-establishment que agarrados de la mano llegan a la cima del éxito.

Las autoridades mexicanas, las que se van y las que llegan, junto con Canadá, deben ser inflexibles en un tema: el TLCAN se queda como un acuerdo entre pares y entre tres.

El anzuelo estadounidense incluye dar paso a acuerdos separados, de difícil negociación por todo lo que implica en términos legislativos, en donde México quede dos escalones abajo, como un subordinado a los planes asistencialistas que pide el propio López Obrador.

Antes de que irrumpiera este idilio entre los dos presidentes rebeldes (Trump-AMLO) el gobierno estadounidense ya tenía suficientes presiones internas como para reconsiderar algunas de las más grandes aberraciones puestas sobre la mesa, como las trabas en la industria automotriz y hasta la cláusula de terminación del acuerdo cada cinco años.

Seguro que conseguían algún caramelo proteccionista inocuo para satisfacer a las huestes irreflexivas del señor Trump, pero nada que ver con el planteamiento inicial tan absurdo como inaceptable.

Mañana se van a Washington los negociadores y observadores del próximo gobierno. Ojalá que los representantes de López Obrador vayan con la instrucción de dejar trabajar a los experimentados negociadores mexicanos sin interferencias.

Es verdad, Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump tienen muchas similitudes, pero nunca será una relación entre pares.

Y así como el mexicano es un experto en el manejo de las masas y en el uso de la propaganda, así el estadounidense es un experto en la adulación de sus contrapartes y la presión negociadora hasta el aplastamiento.