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La tolerancia y la complicidad con el crimen, la política de “abrazos, no balazos” fue la desgracia de México durante el gobierno del presidente López Obrador, y su herencia para la presidenta Sheinbaum.

Con discreción pero con claridad, la Presidenta marcó un cambio de ruta en aquella desdichada política de los abrazos al crimen. El cambio es visible en intención y en resultados.

Desgraciadamente para ella, ni su viraje ni sus éxitos le parecen suficientes a su poderoso vecino, el habitante de la Casa Blanca, que la ve como una mujer con miedo a los cárteles y gobernada por ellos. Quiere más, mucho más.

Se ha vuelto un lugar común en la prensa decir que Washington quiere narcopolíticos y que estos son los que se rehúsa a entregar la Presidenta.

Puede ser, pero esa petición no ha sido planteada por Trump ni, formalmente, por ningún miembro de su gobierno.

El caso es que ese frente sigue abierto y mientras lidia con él, la Presidenta está dejando crecer, como dice María Amparo Casar, un asunto igual o más grave que el de la complicidad y la tolerancia con el crimen.

Y ese asunto es la tolerancia cómplice con la corrupción. Están desmontados todos los controles que había, por imperfectos que fueran, para limitar esta pasión política nacional; se han trasladado ingentes recursos a obras sobrepagadas y a la manipulación electoral, se han construido cadenas dentro del Estado para enormes desvíos de recursos, desvíos sin precedentes, en aumento exponencial.

Por solo citar los casos extremos, está el desfalco de Segalmex por 16 mil millones y el del llamado huachicol fiscal por más de 600 mil millones, casos que la misma autoridad ha investigado y cuantificado judicialmente.

Sin que nada serio suceda. Hay solo castigo a responsables menores y el mensaje para los aliados de que aguanten los chubascos de opinión, porque al final no pasará nada.

Se atropellan entre sí los efectos corruptores de la tolerancia a la corrupción: los escándalos proliferan, igual que proliferaron los homicidios con “abrazos, no balazos”.

Es como si en lugar de “abrazos, no balazos” el gobierno estuviera diciendo: “corrupción, no hay fijón”.

La cuenta es escandalosa, y contando.