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América Latina parece haber puesto su reloj a la hora de una “nueva marea rosa”, que hace converger a la mayoría de los países del subcontinente en un camino de izquierda.

La convergencia se matiza cuando se revisan las versiones de “izquierda” presentes en esa corriente, y sus diferencias sustantivas.

Para empezar, está presente la polaridad de las dos izquierdas que Jorge Castañeda describió hace años y que sigue ahí, tan dura como siempre: la “izquierda” de las dictaduras y la izquierda de las democracias.

Las dictaduras han ganado terreno en este siglo e incluyen hoy a Cuba, a Venezuela y a Nicaragua. Las izquierdas que gobiernan ahora en regímenes democráticos son difíciles de homologar.

Empezando porque hay gobiernos democráticos de izquierda (Chile, Uruguay, Colombia) que condenan la falta de libertades y la violación de derechos humanos en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Luego están los gobiernos que no condenan las dictaduras ni sus crímenes, pero tampoco se plantean imitarlos, establecer dictaduras en sus propios países, como Argentina, Brasil, Perú y aún Bolivia.

En la cuenta de los gobiernos de izquierda del continente hay que poner ahora al de México, que, como siempre, es un fenómeno aparte en la región: no sólo condona las dictaduras sino que trata de imitarlas, al menos en algunos aspectos.

El gobierno de México busca centralizar antidemocráticamente el poder, controlar las elecciones y militarizar sectores fundamentales del gobierno civil, siguiendo en esto último el modelo del conglomerado militar cubano.

Todo lo que pueda haber de convergencia ideológica y afinidades declarativas en el seno de esta “nueva marea rosa” latinoamericana se rompe, sin embargo, en los primeros desafíos de la política real.

Por ejemplo: los gobiernos de la nueva marea rosa tienen en estos días la capacidad de decidir quién queda al frente del Banco Interamericano de Desarrollo. Pero en lugar de un candidato único de la región, casi cada país ha presentado una opción.

Pelean por el puesto México, Brasil, Chile y Argentina, dentro de la nueva marea rosa, además del candidato de Ecuador y la candidata de Costa Rica, que tienen gobiernos de centro derecha. La deriva hacia la izquierda no condujo en esto a la unidad, sino a la división.