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Quizá nada haya sorprendido tanto en la deriva reciente de López Obrador como su cosecha contradictoria de políticos y personajes públicos contradictorios, de izquierda y derecha, ex priistas, ex panistas y ex perredistas, líderes sindicales echados de la educación, de la minería o del sector eléctrico, empresarios conocidos y notorios familiares de empresarios conocidos, intelectuales y académicos de izquierda, socialdemócratas o liberales, por su mayor parte laicos, junto a pastores evangélicos y sacerdotes católicos.

Creo que Jesús Silva-Herzog Márquez ha leído bien el proyecto de nueva hegemonía política que explica estas contradicciones, tema del que me hice eco ya en mi columna de ayer.

En el ensayo “Sobre un volcán”, central en la revista Nexos de junio que empieza a circular mañana, Silva escribe:

“Morena carece de contornos. Ya no es un partido de izquierda, sino una cazuela que quiere recogerlo todo. El único punto de unión, por supuesto, López Obrador. Como una nueva versión del PRI, Morena les ha abierto la puerta a todos. Ahí están los líderes del sindicalismo más corrupto y los panistas más conservadores. Ahí conviven evangélicos y jacobinos. Ahí se juntan los admiradores de Kim Jong-un con los aduladores de Enrique Peña Nieto… Más que como expresión de una parte que aspira a la mayoría, se concibe como síntesis del todo. Esa es la intención: ser el vehículo político del país auténtico. Morena y sus aliados son el nuevo pulpo, el nuevo imán de una hegemonía en formación”.

No sorprende el sabor a PRI de la declaración de principios: “En Morena participan mujeres y hombres; empresarios, productores y consumidores; estudiantes y maestros; obreros, campesinos e indígenas. Estamos convencidos que sólo la unidad de todos los mexicanos hará posible la transformación del país”.

Las contradicciones en el camino de adhesiones a Morena no tienen una lógica moral o ética, como dicen sus documentos fundadores, sino una lógica política, pragmática.

La adhesión a la causa otorga el boleto de entrada al “país auténtico”, a la bondad de la causa misma. Lava y olvida diferencias previas. Y se dispara al futuro, en busca de la unidad perdida y de la nueva hegemonía política que traerá el “cambio verdadero”.

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