Ahora, debe quedar claro que esta política, sin sentido, que impone Donald Trump daña, en primer lugar, a su propio mercado
Si la política es el arte de aprender a tragar sapos, no hay duda de que los gobernantes canadienses han tenido que deglutir los más grandes y resbalosos con Donald Trump como presidente de Estados Unidos.
Ahora, Trump trata mucho mejor a los ciudadanos canadienses que a los mexicanos, pero al gobierno canadiense lo maltrata, mientras que, a la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, no deja de alabarla.
Sin embargo, el resultado es el mismo. Los dos socios comerciales de América del Norte tienen un ladrillo de 1,500 páginas, de ese tamaño es el TMEC, que está convertido en letra muerta.
Es verdad que los aranceles anunciados a la industria automotriz entran en vigor este jueves, pero ya están vigentes los impuestos de importación al aluminio y al acero y eso es violatorio del pacto trilateral.
El abuso de poder del cual somos víctimas los mexicanos, canadienses, y el resto del mundo, parte de la realidad de que la principal economía del planeta es capaz de imponer esa bota comercial sin mayores oposiciones.
Ahora, debe quedar claro que esta política, sin sentido, que impone Donald Trump daña, en primer lugar, a su propio mercado.
Y no será sólo cuestión de algunas presiones inflacionarias adicionales, o de una desaceleración económica hasta niveles de recesión. El cambio de modelo comercial que pretende el Presidente estadounidense tendrá efectos negativos de largo plazo, generacionales.
Más allá del trato diferenciado, los efectos serán similares, cada mercado exportador con sus respectivas fracciones arancelarias afectadas, pero al final, en tres días más, se podría confirmar el fin de una era económica.
Las reacciones de los gobiernos mexicano y canadiense sí han sido muy diferentes. Desde Ottawa, el primer ministro Mark Carney, hizo la mejor síntesis de la mala relación que ahora se plantea entre los dos países del norte.
La antigua relación de Canadá con Estados Unidos, basada en la integración cada vez más profunda de nuestras economías y en una estrecha cooperación militar y de seguridad, se acabó, dijo el premier.
En México, mientras tanto, brinca de las viejas historietas a las relaciones internacionales la máxima de “serenidad y paciencia mi querido Solin”. De las páginas de Kalimán a la política comercial de nuestro país.
A esta hora, tanto los que anticipan la ruptura, como los que esperan pacientemente para responder, negocian a marchas forzadas algún acuerdo, alguna tregua, la gracia de Trump, para impedir que el daño, ya provocado, sea mayor.
Aun siendo impredecible, ya queda claro que el neoproteccionismo será la política del gobierno de Trump, lo que queda por descubrir es si buscará el aislacionismo total o buscará alianzas regionales o sectoriales para no colapsar.
¿Qué política podría funcionar más para buscar algún arreglo, la confrontación por la que ha optado el gobierno canadiense, o la paciencia hasta límites peligrosos del gobierno mexicano?
Si al final el resultado, bueno o malo, es idéntico para los dos socios de Norteamérica significará que Trump siempre tuvo preparada su respuesta, independientemente de los malabares de los socios.
Pero si sólo alguno presiona o convence a Washington de aligerar esta nueva carga al comercio, habrá un estilo ganador de confrontar a Donald Trump, la paciencia o la confrontación.