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Hay dos rasgos interesantes del momento político de México. Uno es que el país juega a las adivinanzas sobre las intenciones de su futuro presidente. Otro es que la mayoría absoluta de los ciudadanos está de luna de miel con él.

De la luna de miel hablaré mañana. Sobre las adivinanzas, versiones van y versiones vienen. Hay versiones tranquilizadoras para empresarios y mercados. Hay versiones radicales para fieles y clientelas.

Frente a las versiones encontradas, quizá una buena idea es tomar como referente solo lo que dice el futuro presidente.

Porque hay una diferencia clara, a veces grande, a veces pequeña, siempre significativa, entre lo que dice López Obrador y lo que dicen sus colaboradores.

Pero incluso oírlo solo a él no es fuente de certeza. El futuro presidente es un maestro de la ocurrencia inesperada, o calculada para la sorpresa. Gana con esto la atención de los medios, pero también confunde a los oyentes.

Un día le oímos decir que se condonarán las deudas que tienen los consumidores con la Comisión Federal de Electricidad, unos 40 mil millones de pesos.

Al día siguiente oímos que el perdón será solo para los deudores del estado de Tabasco, porque fue ahí donde lo prometió en campaña.

Lo central en todos los casos es que el discurso y el balón están siempre de su lado: la gran transferencia, enorme traslado de poder ejercido por los votantes en julio pasado se concentra fundamentalmente en él y solo marginalmente en sus colaboradores o su partido. Y es él quien decide si ejerce el poder que tiene benévola o abusivamente.

Lo ejerció benévolamente con el discurso de conciliación de la noche y los días que siguieron a su triunfo.

Lo ejerció con un toque tiránico en su descalificación moral del INE por la multa impuesta a Morena y con la advertencia a la “prensa conservadora”: “yo perdono, pero no olvido”.

El dueño absoluto de la última palabra es él, porque habla, comprobadamente, por la mayoría absoluta de los votantes, cosa que no había sucedido nunca en nuestra historia.

De modo que estamos frente a un momento de poder y legitimidad único en México. Un momento, diríamos, abusando del oxímoron, de “absolutismo democrático”.