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Si se les mide por su intención y su espíritu, en los últimos 40 años hemos tenido muchas reformas electorales, pero solo dos reformas políticas: la de 1977 y la de 1996.

La de 1977 se propuso abrir el espacio a las minorías en el supuesto de que seguirían siéndolo eternamente. La de 1996 estableció condiciones de equidad para que la oposición pudiera ganar la mayoría, lo que sucedió de inmediato, en el año 2000.

La lógica de la reforma de 1977 fue ampliar la representación política luego de unas elecciones presidenciales en las que solo contendió el candidato del PRI: José López Portillo.

El supuesto fundamental de aquella reforma era que la mayoría permanecería donde estaba, en el PRI, animada parlamentariamente por una oposición que podría tener y defender triunfos aislados, pero no ser mayoría en el Congreso ni triunfar en una elección presidencial. Para garantizar eso, el manejo de los órganos electorales permaneció en manos del gobierno.

La reforma del 77 trajo una extraordinaria renovación al ambiente de la vida pública, pero no un cambio en la lógica profunda del poder.

La reforma de 1996, en cambio, planteó un giro radical en los supuestos y en el espíritu del diseño democrático. Se propuso establecer la independencia de los órganos electorales y garantizar la equidad de los contendientes, de manera que cualquiera de ellos pudiera ganar la mayoría.

Diría que los principios fundadores del 96 fueron: 1. La obsesión por la equidad financiera, 2. La aversión a los gobiernos de mayoría absoluta y 3. La sobreapuesta a la pluralidad.

Los principios se cumplieron: todos los partidos reciben abundante dinero público, ningún gobierno nacional ha tenido mayoría en el Congreso y la pluralidad ha crecido al punto de la fragmentación.

Nuestra democracia está cada vez más cerca de los principios fundadores de la reforma del 96, pero cada vez más lejos de la confianza de los votantes.

Algo tiene que estar mal en una reforma política que entre más cumple sus propósitos, más dificulta la gobernabilidad y más disgusta a sus ciudadanos.

¿Qué?

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