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Salvo Carmen Aristegui, nada me gusta del caso Aristegui. Ni que pierda su espacio ni su versión de lo que sucede ni la versión de MVS ni la actitud del gobierno que insta a las partes a arreglarse.

Me parece fundamental que exista el espacio de Carmen por la simple razón del público que la sigue: su legítima audiencia. 

No acabo de creer que esto ha sido un pleito incidental que llegó a la ruptura por la necedad de las partes: Carmen por no pedir disculpas, con sus reporteros, por abusar del uso de la marca MVS para nutrir el portal de Méxicoleaks; MVS por no poder arreglar el abuso de sus empleados con una reprimenda y una sanción interna.

Una vez despedida, Aristegui subió la apuesta diciendo que su despido es un ataque a la libertad de prensa, lo que quiere decir que es el gobierno quien la calla. No hay pruebas ni a favor ni en contra de esto. Pero Carmen lo sugiere y ni la empresa ni el gobierno lo niegan con la contundencia que el caso amerita. De modo que… puede ser.

Llegado a este punto todo se vuelve creencias. No hay explicación sólida de los entretelones sugeridos. La balanza se inclina abrumadoramente por la versión de Carmen y en contra de la de MVS. Pero sobre todo, como dijo Jorge Castañeda ayer en esta página, contra el gobierno. El gobierno cree que el silencio lo fortalece en medio de la refriega. La verdad es que lo debilita, lo vuelve el candidato mayor de la sospecha.

Lo que se ve desde afuera es a una empresa que quiere correr a una periodista, a un gobierno que se lo permite o se lo sugiere sin medir que se está comprando un pleito mayúsculo en el punto más bajo de su credibilidad, y una periodista que juega sus cartas en esas condiciones.

El hecho es que andamos a tientas sobre la realidad de lo que está sucediendo. En un escándalo mediático de este tamaño, reina la opacidad.

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