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Lo mejor es que Gran Bretaña 
se quede en la Unión Europea.

A estas horas millones de británicos y otros ciudadanos con derechos en ese reino están frente a una boleta que les pregunta si quieren o no quedarse en la Unión Europea.

Las encuestas son eso, consultas que habitualmente fallan. En México sabemos muy bien de las grandes pifias con los oráculos que dicen anticiparse a los resultados. Pero allá también lo saben, ya fallaron las encuestas que anticipaban la salida de Escocia de Reino Unido. Sus habitantes dieron un contundente no.

Así que mientras no haya resultados concretos de la consulta, realmente no sabemos nada.

Será este viernes a la 1 de la mañana, tiempo de México, cuando conoceremos los primeros resultados concretos. Eso significa que amaneceremos el último día de la semana hábil con alguna reacción financiera.

A los mercados asiáticos les tocará en la parte final de sus operaciones, a los europeos les llegará la información al inicio de la sesión bursátil y a Estados Unidos y México, con su Bolsa y su peso, les quedarán unas horas previas a la apertura para reaccionar a la información.

Claro que los futuros de todos los indicadores financieros se encargarán de acusar recibo de inmediato. Y lo que podemos adelantar es que habrá turbulencia. Puede ser una euforia a niveles irracionales si los británicos optan por el Remain.

La libra esterlina continuaría con su ascenso, los indicadores bursátiles subirían, hasta el peso ganaría terreno. Vamos, los inversionistas y sus operadores sonreirían complacidos mientras chocan las palmas en señal de victoria.

Si, por el contrario, los apoyadores del Brexit lo consiguen, las caras largas y el silencio sepulcral de los pisos de operaciones serían el marco para bajas importantes, para la depreciación de la moneda británica y la mexicana, y para una serie de repercusiones en los mercados que no dejarían a nadie sin ser tocado por la onda expansiva.

¿Y después? La intervención de los bancos centrales, de los organismos internacionales, de las haciendas públicas que tratarían desde sus posibilidades paliar el impacto. En México, por ejemplo, no habría dudas sobre la necesidad de subir el costo del dinero. Habría quizá una intervención en el mercado de divisas.

Llegaríamos a la última semana de junio con los mercados muy vapuleados, a la par que tanto británicos como europeos (lo digo con toda intensión de ubicar a los de la isla como un nuevo continente) explicarían que el proceso de separación sería largo y suplirían la unidad rota con acuerdos sustitutos.

Pasado el impacto financiero inicial, la calma tendería a regresar, los que más hubieran perdido con el divorcio contarían sus bajas y el resto del planeta buscaría la forma de insertarse en una nueva relación con los británicos.

Llegaría julio y el mundo financiero seguiría girando, con sus cicatrices pero con el esqueleto completo como para levantarse de nuevo.

¿Lo mejor? Que se quede Reino Unido en la Unión Europea, por supuesto. Sin embargo, lo contrario tampoco es un cataclismo. Hay que esperar estas horas con tranquilidad y adaptarnos a las cambiantes circunstancias de un mundo tan complejo.