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En las calles de Davos, la temperatura era menos 6 grados a mediodía. En el Congress Center todo estaba climatizado pero Jair Bolsonaro no se quitó el abrigo. Estaba tenso. El presidente brasileño quería generar una buena impresión en su primer comparecencia ante la élite global de Davos. El reto era doble: borrar la mala percepción que dejaron los mensajes más extremos de su campaña y convencer a los hombres de negocios de que tiene un plan económico para regresar a Brasil a la senda del crecimiento.

“Recibí un país en crisis y debo hacer grandes cambios”, fue una de las primeras frases de su conferencia. La oración está escrita para producir un efecto, pero Bolsonaro no es un gran orador. Su lenguaje corporal es rígido, como el de un soldado. Su voz es fuerte, pero monótona. “Heredé un problema de corrupción tremendo. Estoy comprometido a erradicarla. Por eso he nombrado a Sergio Moro como ministro de Justicia”. Moro es el juez que condujo al expresidente Lula a la prisión. Está en el Foro Económico Mundial, como parte de una numerosa delegación brasileña, junto con otros ministros, empresarios y periodistas.

El número dos de la delegación brasileña es Paulo Roberto Nunes Guedes, el superministro de Hacienda y Economía. Un economista de la Universidad de Chicago que también tuvo una agenda muy activa en Davos. Brasil mejorará dramáticamente su posición en el ranking de Doing Business, prometió Paulo Nunes en un desayuno con inversionistas, en un hotel cerca del Centro de Congresos. El ministro fue muy vehemente: “no será fácil mejorar porque estamos casi en la posición 150, más o menos como si fuéramos Sudán… recibimos un desastre”, dijo Guedes, a puerta cerrada.

¿Cómo le hará, cuáles son sus primeras medidas de política económica? Le pregunta al presidente el profesor Klaus Schwab, presidente del WEF. Bolsonaro reitera su compromiso de hacer privatizaciones y promete una apertura económica sin precedentes. Brasil es un país caracterizado por el proteccionismo, más enfocado a proteger un gigantesco mercado interno que a impulsar las exportaciones. El mandatario habla de entrar a la OCDE y reforzar la Organización Mundial de Comercio.

El auditorio principal del Centro de Congresos está lleno, porque hay un interés enorme por ver de cerca a Jair Bolsonaro y palpar si es cierto lo que se dice de él. Él no se sale del guión, que es otra forma de no quitarse el abrigo. No improvisa. Consulta sus tarjetas permanentemente. Un par de veces irrumpe en el escenario su asistente, un militar que le ayuda a localizar una tarjeta y a colocar el micrófono.

Habla de sus planes por relanzar la agricultura y argumenta que en Brasil un tercio del territorio está protegido, pero sólo 9% tiene uso agrícola. No dice una palabra de la tasa de deforestación reciente, ni de sus planes de abrir la explotación en una parte mayor de la selva amazónica. Es uno de los peores momentos de su intervención, porque confirma los temores de la audiencia de su actitud antiecológica. Bolsonaro estaba muy preparado, pero nadie le explicó que el WEF se ha convertido en un activista del medio ambiente. Nadie le dijo que, una hora antes de él, en el mismo auditorio, estuvo el príncipe William de Inglaterra conversando con el maravilloso David Attenborough sobre el impacto que la humanidad tiene sobre el medio ambiente.