Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Avenida Jaime Almeida

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Carlos MarínEl asalto a la razón

El sábado me despertó la llamada de nuestra colaboradora Marisa de León: “Murió Jaime, Carlos. Le dio un paro cardiaco en su cuarto del hotel...”

En el convulsivo ambiente nacional surgen informaciones que confortan como la de MILENIO ayer: el nombre del añorado y querido Jaime Almeida será impuesto a una avenida de su natal Chihuahua.

Periodista, compañero, amigo, se despidió de mí el último jueves de mayo de 2015, al terminar la grabación del que sería nuestro último programa de El Asalto… musical juntos. Viajaba el viernes a Paraíso, Tabasco, para encabezar un coloquio sobre el bolero y presentar a Los Dandys.

El sábado me despertó la llamada de nuestra colaboradora Marisa de León: “Murió Jaime, Carlos. Le dio un paro cardiaco en su cuarto del hotel…”.

La nota sobre el homenaje me remitió al Jaime con quien conviví tan estrechamente sus últimos años gracias a Pancho González, con quien cultivó una relación más antigua y estrecha que la mía.

Con Marisa en la cacería de sonidos periodísticos, Jaime hizo posible las primeras transmisiones de los reporteros y colaboradores de MILENIO para los noticiarios radiofónicos de Multimedios.

Me pasó con él algo parecido a lo que Benedetti le escribió a uno de sus amores y aventuro de memoria: usted es la respuesta a la pregunta que no me había formulado. Al menos un día de la semana ya no tendría que pensar en a quién invitar. Jaime y yo conduciríamos El Asalto… de cada viernes, él haciéndose cargo de los artistas y yo feliz de su virtual patiño, deslumbrado siempre por su erudición en temas y personajes musicales de todos los tiempos, géneros y ritmos.

Por él sé que la educación musical forma sociedades inteligentes y mejor organizadas: en el periodismo se busca dar la nota; en la política se orquestan propuestas y campañas; el machuchón es quien lleva la batuta y a los más ambiciosos se les da cuerda para que desafinen y queden fuera del concierto social.

Israel Navarro rescata lo que le conté a Joaquín López-Dóriga: la espontaneidad que se nos daba a Jaime y a mí para salvar emisiones cuando nos fallaba un invitado: como remedos de Chano y Chon, jugábamos a preguntarnos trivialidades cuyas respuestas debían ser otras interrogantes, o nos retábamos a tararear canciones que comenzaran con alguna letra o color.

Lo conocí en 1970, reporteando él para Jacobo Zabludovski en Televisa y yo para el periódico El Día de Enrique Ramírez y Ramírez. Lo seguí en su Estudio 54 y un poco al asumir él la dirección de la XEW.

Tarde, pero a tiempo, nos reencontramos y hermanamos en MILENIO.

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