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Uno de los gurús políticos de la izquierda mexicana acaba de decretar un aumento al salario mínimo de 15 por ciento para que el ingreso de los trabajadores tenga mayor poder de compra de la canasta básica.

No sólo eso. Nicolás Maduro, heredero de la presidencia de Hugo Chávez, lleva en lo que va del año un aumento acumulado de los salarios básicos de 64.5 por ciento. Lo que seguro debe llevar al éxtasis a los feligreses de esas formas de gobierno populistas que habitualmente no atienden las consecuencias de ese tipo de acciones.

No hay afortunadamente forma de comparar la condición actual de la economía de Venezuela con la condición económica mexicana. Ese maravilloso país sudamericano está pasando por uno de sus peores momentos en la historia reciente. Nosotros no.

La economía venezolana está destruida, las cadenas productivas están rotas, no hay respeto a las inversiones, hay desabasto y escasez incluso de los productos más básicos. Este es el contexto que acompaña al aumento salarial.

Más uno muy importante: la inflación. El salario quedamos lleva un aumento de 64.5 por ciento y la inflación habrá de rondar 75 por ciento al cierre de este año. Es posible que hoy el aumento al mínimo esté por arriba del aumento del resto de los precios, pero en dos meses volverá a quedar 10 por ciento por debajo de la inflación general.

Otra vez, Venezuela es un caso extremo gobernado con políticas demenciales autodestructivas, pero es un ejemplo contemporáneo de cómo una carrera entre salarios y precios es siempre perdida por los trabajadores, salvo que tengan el apoyo de la productividad como eje del incremento.

Al menos, el sentido común no lo han perdido en el Gobierno del Distrito Federal, epicentro de la exigencia de subir los salarios mínimos por decreto.

El ejemplo de que son populistas y no suicidas es que promueven una lista de bien portados “proveedores salarialmente responsables”, que estarían obligados a aumentar el salario mínimo que paguen a sus trabajadores por lo menos a los 83 pesos, o lo que es lo mismo un aumento de más de 15 por ciento.

Pero al mismo tiempo el Gobierno del Distrito Federal entiende que debe cuidar sus finanzas y ofrece a los trabajadores de sus preparatorias un aumento de 3.7 por ciento, que no se parece nada a la exigencia que hacen a los privados de ser salarialmente responsables.

En Venezuela, a pesar de la pauperización de la población el régimen de Maduro mantiene un amplio apoyo popular porque juega con esa propaganda de aumentos salariales, los pajaritos de Chávez y demás.

En México, afortunadamente la Suprema Corte echó para atrás ese intento electorero del panismo de preguntar en una carísima consulta popular si estaban de acuerdo con que les subieran el salario, pero no se ha podido desenmascarar el intento partidista del jefe de Gobierno del Distrito Federal de colgarse del aumento a los salarios mínimos para aumentar sus alicaídos bonos políticos.

Y lo que es peor, no se ve por ningún lado un esfuerzo responsable y serio de aumentar la productividad que realmente permita un incremento salarial que no se lo coma la inflación.