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Después de la fiesta, a recoger los platos rotos. Y al Presidente Andrés Manuel López Obrador le tocó precisamente eso, recoger el tiradero.

Un país lleno de hoyos negros, como lo es México, es producto de los abusos de poder que ejercieron los gobiernos anteriores, entre esos el sexenio de Enrique Peña Nieto, de auténtico saqueo a la nación.

El Presidente López Obrador es muy cuidadoso cuando se refiere a los gobiernos neoliberales, nunca toca al de Peña Nieto. ¿Será que le debe algún favorcito? ¿Quizá el haberle armado un zipizape a Ricardo Anaya cuando en su campaña para presidente la Procuraduría General de la República lo acusó de lavado de dinero y enriquecimiento inexplicable, poniéndole así una piedra en el zapato y detenerlo en la carrera que llevaba?

López Obrador normalmente acusa a Carlos Salinas de Gortari a Ernesto Zedillo, a Vicente Fox, a Felipe Calderón. Pero Peña Nieto jamás ha sido tocado ni con el pétalo de una rosa.

A la sociedad –casi en general, me atrevo a decir– lo que más le duele es justamente el agravio de haber sido burlado y empobrecido. Sin embargo, esa gentuza ha sido perdonada.

Gracias a ese saqueo, López Obrador ha implementado una política que tiene al país atrapado en la austeridad .

Con los recortes presupuestales a machetazos podrían “pagar justos por pecadores”.

El que se eliminen cientos de miles de puestos de trabajo en pos de una política populista-nacionalista, sólo servirá de alimento a una política electorera.

La cancelación de empleos en aras de la austeridad tendrá efectos negativos a mediano plazo.

México merece una política social equitativa, moderna, con respeto al Estado de Derecho, no una política centralista y autoritaria.

Se requiere generar empleos productivos e impulsar a la pequeña y mediana empresa.

Habrá que apostarle a la investigación científica y a la tecnología.

Congelar impuestos sin creación de empleo es una fórmula que no ayuda al desarrollo del país.

Las dádivas como programa social hacen que permanezca una clase productiva solo consumiendo recursos. Al hombre, dicen, no solo hay que darle el pez , sino también enséñale  a pescar.

Ahora bien, el Presidente López Obrador tiene menuda tarea por delante: enfrentar  a los grupos de poder económico – financiero, de medios de comunicación y una oposición política –como él la llamaría– “fifí”, que gasta costales de dinero para orquestar campañas contra el gobierno.

Mientras tanto, el Presidente no acepta opiniones diversas que difieran de las suyas.

Dicen que saber escuchar es un signo de inteligencia. El Presidente es un hombre muy inteligente, pero a la vez muy desconfiado al que no le gusta delegar. Y para él la única verdad es la suya .

No hay que olvidar que las decisiones a puerta cerrada no retratan el mejor rostro de la democracia.

¡Digamos la Verdad!