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México no se puede comparar con Venezuela a pesar de que sí puede haber similitudes en sus liderazgos carismáticos y populistas. Las instituciones mexicanas son vulnerables, pero hasta ahora resistentes para no caer en una crisis como la de aquel país sudamericano.

La comparación que hoy es más viable de hacer es con Argentina, una nación que conoció el desarrollo económico y que ha caído ante los bandazos de su clase política.

La democracia ha llevado a los argentinos a rebotar por todo el espectro político, lo cual sería tolerable si no llegara cada régimen a querer reinventarlo todo.

Un país maduro debería tener sentadas sus bases de desarrollo y abrir los espacios para la interpretación política sin violar esos márgenes.

Por ejemplo, respeto a la división de poderes, garantía de las autonomías de organismos tan importantes como un banco central, acatamiento de una disciplina fiscal y salud macroeconómica, certeza de respeto a las garantías individuales como la libertad de expresión.

Ahí están muchas de las similitudes entre ambos países, con la diferencia de que Argentina tiene al menos un par de décadas más que México dando tumbos.

El peronismo como el lopezobradorismo llegaron a destruir estructuras, a querer reinventarlo todo, a reescribir las reglas que rigen el juego económico occidental al que pertenecen ambos países.

En Argentina, cuando los ciudadanos se cansaban de las ocurrencias peronistas, regresaban al poder a políticos más liberales que volvían a tirar todo a la basura y reescribían las reglas desde cero. Y otra vez, el peronismo regresaba, tumbaba y reinventaba todo.

Por eso hoy, que Javier Milei, de la mano de los miles de millones de dólares de Donald Trump, ha conseguido una mayoría en el Congreso, puede ser que haya más congruencia en su pensamiento libertario que en el anacronismo peronista, pero es un rebote más dentro de la poco confiable política argentina.

Pídanle a un empresario que invierta en un desarrollo de largo plazo en Argentina, cuando no sabe si la siguiente política pública va a anular la autonomía del banco central, si van a devaluar el peso argentino 200%, o si van a expropiar sus inversiones.

Seguro que hoy los inversionistas pueden sentirse más a gusto con la dupla Milei-Trump, pero el capital piensa en el largo plazo y eso puede acabar en menos de cuatro años.

En México, López Obrador llegó a dar tumbos estructurales importantes que han pegado en la línea de flotación de la confianza. Las izquierdas modernas se valen del mercado para reencausar sus esfuerzos de gobierno en una mejor atención social, la 4T no.

La obsesión de dejar una huella histórica megalómana con cambios radicales y autoritarios como apropiarse del Poder Judicial, desmantelar las autonomías, re estatizar la industria energética o hacerse del control electoral, pega en la confianza de los inversionistas.

Y México no está exento de bandazos políticos en el futuro, de las reinvenciones profundas o de trasladarse a un extremo opuesto al actual.

Un cable de acero que mantiene a flote la economía mexicana es la decisión de mantener un modelo de apertura comercial, especialmente con Estados Unidos. El riesgo ahí es externo por ese otro personaje, también de corte mesiánico, quién desde Washington pretende también reinventarlo todo.