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Hay que dejar que los mercados fluyan y lleven el tipo de cambio al nivel de equilibrio en la nueva realidad de un súper dólar.

La paridad del peso frente al dólar cada día se parece más a la relación de nuestra moneda con el euro. La brecha que en algún momento superó los ocho pesos entre las dos divisas se ha recortado apenas a algunos centavos de diferencia.

Y podíamos vivir sin mayores preocupaciones con euros de más de 20 pesos, porque la relación bilateral es más distante. Pero tener dólares más cercanos a los 16 que a un eventual regreso a niveles de 14 por uno genera otra percepción.

Nos explican que el consuelo de tontos es que se trata del mal de muchas monedas emergentes, que lo mismo sufre los efectos de un dólar fuerte el franco suizo que el rand sudafricano o el real brasileño, pero ninguno de ellos tiene la dependencia que tenemos nosotros, los del peso mexicano, con la economía estadounidense.

Siempre será mejor atender a los ajustes que manda el mercado y no aferrarse a una paridad como lo hizo México hasta los 90 o como lo hace hoy Argentina, que tiene a Estados Unidos inundado de turistas pero al mismo tiempo anega sus finanzas públicas con una paridad desfavorable.

La realidad es que lo más sensato por ahora es dejar que los mercados fluyan y lleven el tipo de cambio al nivel que encuentre equilibrio en la nueva realidad de que el dólar es una moneda muy fuerte, por representar a la única economía madura del planeta que crece y que además es la número uno.

No tenemos los problemas de Brasil, que lucha con la depreciación de su moneda y con una eventual recesión económica, todo en medio de cuentas públicas endebles.

Si a la Junta de Gobierno se le ve tranquila con el tema cambiario es porque el traspaso a la inflación ha sido poco notorio en las mediciones del Inegi, por lo tanto sólo merece seguir su desempeño, pero no actuar en consecuencia.

El mecanismo de intervenir en el mercado sólo ante una depreciación intradía de 1.5% es una enorme manga ancha para permitir una depreciación ordenada de la moneda.

Porque además no estorba para compensar la caída en los precios del petróleo y como incentivo para las exportaciones que tanta falta le hacen a un mejor resultado del Producto Interno Bruto.

Eso sí, el banco central debe tomar en cuenta que en todo caso el deslizamiento es tan sólo una señal de otras circunstancias. La primera, la evidente antesala de un aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, para lo que sí hay que estar preparados con el dedo en el gatillo del aumento local del costo del dinero.

Pero también anticipa las peores consecuencias para el dólar estadounidense y sus efectos económicos. Perder capacidad exportadora no es algo que pueda beneficiar a ese país, por lo tanto debería eventualmente mover a sus autoridades monetarias a ponerle un alto al súper dólar, y eso también mueve los mercados.

La realidad económica global es ésta: dólar fuerte, Estados Unidos atractivo, y todo a costa de disminuir los beneficios a los que se acostumbró el mundo emergente durante la pasada fiesta de la política hiperlaxa de la Reserva Federal.