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He escrito y dicho varias veces que López Obrador es un político de intemperie en un mundo de políticos de gabinete.

En el código de Rodrigo Negrete, que glosé ayer aquí, López Obrador responde a las formas y el estilo del bajo clero novohispano, mientras que los políticos de la democracia y los de antes, los de la era del PRI, reflejan las maneras cupulares del alto clero.

“La política del alto clero”, escribe Negrete, tenía un “hábitat natural cuando la competencia democrática no resultaba un factor que realmente importara, como ocurrió en México la mayor parte del siglo XX. Pero bajo la alternancia, resultaban inocultables sus propensiones al inmovilismo y la petrificación”.

Sigue Negrete:

“La política del alto clero consiguió mantener en el huacal a la política del bajo clero en ausencia de alternancia democrática, pero una vez en ese contexto habría de emerger impetuosa, tarde que temprano, tal y como terminó ocurriendo. Estamos ahora bajo el signo zodiacal de su era”.

Creo que Negrete no habla de una causalidad entre el discurso del bajo clero que reventó el orden novohispano y el discurso obradorista.

Habla solo de una analogía, de un eco reconocible: el aire de familia común a la matriz de las costumbres políticas de los pueblos.

Las fortalezas del discurso en el estilo del bajo clero apenas pueden exagerarse: empatía, compasión, solidaridad, contacto con las emociones, con los sueños y con los agravios de la plaza pública.

Las debilidades están a la vista también: simplificación, resentimiento, polarización y falta de sentido estratégico, como muestra el caso del padre de la patria, el cura Miguel Hidalgo en la hora clave de su revuelta, cuando estaba frente a la Ciudad de México con sus huestes en alto y no se atrevió a tomarla.

Termina Negrete:

“El del bajo clero es un mundo en el que domina lo vivencial, lo aprendido en interacciones cara a cara, todo lo cual propicia la ilusión de que con eso es suficiente para entender el mundo; por ello mismo carece del rigor que requiere remontarse a planos más abstractos. Desde la política del corazón es muy difícil generar pensamiento estratégico”.

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