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En cuatro ocasiones, durante la entrevista de MILENIO, López Obrador dice que algunas de sus certidumbres sobre sí mismo no son inflamaciones de su ego, sino realidades comprobables o aspiraciones lógicas.

La primera se refiere a su convicción de que “no hay un movimiento en el mundo como el que estamos impulsando, que busque una transformación por la vía pacífica, con tanta gente”.

La segunda, cuando dice que quiere pasar a la historia como Juárez, Madero o Lázaro Cárdenas. Y ser algo más que “un hombre de Estado”: “Un hombre de nación”.

La tercera cuando afirma (y es verdad, y me da genuina envidia) que tiene “la dicha enorme de conocer todo el país”.

La cuarta es en la respuesta más sorprendente para mí de toda la entrevista, y quizá la más reveladora. Es lo que le contesta al final de la entrevista a Jesús Silva-Herzog Márquez.

Silva-Herzog pregunta: “¿No tiene usted desconfianza de sí mismo y de sus instintos? ¿No tiene una reserva de duda de sus impulsos?”.

López Obrador responde: “Ninguna. Fíjate que no, a lo mejor son los egos. Puede pensarse que es soberbia. Soy y tengo la arrogancia de sentirme libre y buscar siempre en la vida la congruencia.”

Silva-Herzog: “Pero eso no es libertad, es infalibilidad”.

López Obrador: “Yo cometo errores como cualquier persona y busco enmendar mis errores, pero trato de ser muy consecuente. Es lo que estimo más importante en mi vida. Incluso me siento mal conmigo mismo cuando considero que actúo contra un principio que me rige, que me guía. Yo sostengo que el ser humano tiene que guiarse por principios, doctrinas y filosofía”.

Confieso que aquí me pierdo y no sé ya quién habla: si el político iluminado que no tiene dudas o el político normal que comete errores; el político lleno de sí al punto de que no caben en él los cuerpos extraños de la duda o el político profesional que va dando tumbos en su oficio, fallando y corrigiendo, cayéndose y levantándose y que, en medio del mar imperfecto de la vida política, cuenta y se cuenta el cuento de que se rige por principios, doctrinas y filosofía.

Habrá que preferir siempre al segundo tipo de político sobre el primero, porque el hombre de poder que no sabe dudar de sus impulsos ni desconfiar de sus instintos es sencillamente un proyecto de tirano.

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