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La ganadora indiscutible del debate fue Claudia Sheinbaum, pero del postdebate fue el presidente López Obrador.

La doctora ganó porque no perdió.

Su archirrival le disparó balas de salva y no hizo ninguna revelación pues todo ya se conocía en redes. Se distrajo, se puso nerviosa y descuidó su desempeño, batalló por cerrarse el saco y gesticuló de más. Incluso, se veía mal maquillada.

Se le olvidó que estaba en vivo en una transmisión de televisión.

A cada señalamiento a la doctora, volteaba para ver su reacción, mientras que Claudia Sheinbaum veía a la cámara y la ignoraba, dejando en claro que no es de la estatura de su vida.

Es bien sabido que los votantes se mueven por percepciones, más por lo que parece que por lo que es en realidad.

Por eso es tan relevante que se dice después y quien lo dice. En este caso, no hubo sutilezas.

Si bien es cierto que el lunes el Presidente reaccionó moderadamente: “Bien, todo en calma, todo bien, requetebién”, el martes fue otra historia.

Debió escuchar otras opiniones y cambió su ecuanimidad por furia.

El tema central fue que Claudia Sheinbaum convalidó con su silencio evaluaciones negativas para el gobierno lópezobradorista, que el público incluyó en las preguntas que envió para que se las hicieran a las candidatas y el candidato.

Visiblemente molesto, el Presidente reprochó:

“Y, ¡qué mal estamos en salud, sin reconocer absolutamente nada!, ¡qué mal en educación!, ¡qué mal en todo! Aún así no nos pudieron dejar mal —yo no estoy hablando de partido— lo que se ha hecho en el combate a la corrupción.

No fueron capaces de hacer distinciones, todo fue a tabla rasa, las preguntas. Recuerdo una: ¿cómo hacerle para enfrentar la gran corrupción que persiste, que viene desde no sé que gobierno, pero ahí está? ¡Como si nosotros fuésemos iguales, si no nos hubiésemos dedicado por completo a desterrar la corrupción! ¿Cómo no vamos a ser distintos?”.

Desde el lunes, los químicamente puros habían mandado publicar: “¡Claro que tengo padre!” sostenía la adorada mano: si no, ¿cómo estaría yo aquí?”, en directísima alusión a Sheinbaum a quien así reclamaban que pareció olvidar a quien la puso donde está para ser la próxima Presidenta de México.

El miércoles, un día después de que el Presidente se descoció, sin ningún pudor, le volvieron a recetar: “Fue tanta la preocupación por ganar la batalla, que se olvidaron de los logros conseguidos por un fuerte liderazgo y muchos y leales profesionales, ¡qué vaya que los hubo!”. (Ayer, el Presidente dijo que los medios que vieron una ruptura le dieron una interpretación sesgada y de mala fe. Que no hay tal, que él la quiere mucho, mucho, mucho)

La doctora reaccionó en sus siguientes discursos con sometimiento absoluto a la voluntad presidencial. Y así será hasta que gane la elección el 2 de junio.

Después, quizás vengan los ajustes y cuando se ponga la banda tricolor sabremos hasta dónde está dispuesta a llegar.

Pero siempre estará volando el zopilote arriba de su cabeza, dispuesto a recordarle quién sigue mandando en el país. Y si el destino o la voluntad divina no lo quieren así, no faltarán los apuntados para regateárselo.

Monitor republicano

Ni como ayudarle a Xóchitl Gálvez: “si a los 60 años no has podido hacer un patrimonio eres bien güey”.

Si eso nos dice a los votantes cuando está en campaña electoral, cuando se espera que nos baje el sol, la luna y las estrellas, ¿qué podríamos esperar después?

Bueno, hay a quien le gusta que lo madreen.

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