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Se escandalizan muchos, con buenas razones, por la manera como las alianzas electorales de la partidocracia de estos días cruzan, diluyen o contradicen identidades partidarias.

Va tomando carta de naturaleza lo que muchos siguen pensando como “alianzas contra natura”, “mezclas de agua y aceite”, etcétera.

No digo que no haya razón para estas voces de alarma, pero hace rato que en la democracia mexicana priman los cálculos electorales sobre las ideologías partidarias.

Algo está diciéndonos esta tendencia de lo que sucede en la política real, algo que desafía nuestras creencias sobre la identidad de los partidos realmente existentes.

La verdad es que si algo hay indefinido y poroso en la partidocracia mexicana, es la definición ideológica.

Nuestros partidos tienen creencias, hábitos mentales, etiquetas retóricas e historias distintas, pero si algo no hay ni dentro ni fuera de ellos, es compromisos ideológicos y debate de ideas.

Nuestros partidos no están regidos por una ideología, a la manera de los partidos históricos del socialismo y el liberalismo europeos, por ejemplo, o de las visiones encontradas sobre la constitución y el gobierno que separa las aguas entre republicanos y demócratas en Estados Unidos.

Nuestros partidos son espacios de negociación de intereses y causas, más que de ideas y programas. En materia de políticas públicas, apenas hay diferencias entre ellos.

Hemos sido gobernados por la izquierda, por la derecha y el centro sin que haya mediado un solo gran debate ideológico entre las fuerzas políticas ni en las campañas ni en los discursos ni en el Congreso.

Lo que hemos tenido en abundancia es lo que sigue sorprendiéndonos ideológicamente: que puedan ponerse de acuerdo quienes “en principio” son “agua y aceite”. Bueno, hace rato que se están poniendo de acuerdo. Y para 2018, más que nunca.

Las alianzas contra natura son ya parte de la naturaleza pragmática, pre o posideológica de nuestra democracia.

No sé si hay tanto que lamentar en ello, vista la historia de las guerras ideológicas del siglo XX, con su trasunto de guerra religiosa. Como el nacionalismo, las ideologías son licores tóxicos, que conviene tomar con moderación.

Un horizonte de ideologías pobres y negociaciones permanentes entre adversarios políticos no es el peor escenario para una vida democrática que dé resultados.

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