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En medio de un entorno global incierto y una contracción en el comercio internacional, la economía más grande y principal motor de crecimiento de la eurozona está al borde de una recesión por primera vez desde el 2013.

En términos técnicos, una recesión ocurre cuando una economía registra dos trimestres seguidos de crecimiento negativo, situación que es cada vez más cercana en Alemania.

Después de presentar un crecimiento de 0.4% en el primer trimestre del año, la economía alemana se contrajo 0.4% el segundo trimestre que concluyó en junio. Aunque los estimados para el tercer trimestre de apenas hace un mes anticipan un crecimiento de 0.2%, el débil comportamiento de varios indicadores adelantados ha llevado a varios especialistas a revisar sus pronósticos a la baja.

La debilidad es cada vez más evidente en el sector industrial donde la actividad, medida por el índice de manufacturas PMI, ha caído de un máximo de 63.3 en enero del 2018 a 41.4, el nivel más bajo observado desde la Gran Recesión global en julio del 2009.

La estrepitosa caída en el índice de actividad manufacturera, que comenzó a principios del 2018 con la afectación a la producción automotriz por la implementación de nuevos estándares de emisiones de carbono en la industria, se ha exacerbado por una fuerte contracción en las exportaciones automotrices.

El sector automotriz, que funge como uno de los principales motores de impulso a las exportaciones alemanas, ha experimentado una caída en la demanda de mercados importantes como el Reino Unido y China, resultado de las crecientes tensiones comerciales a nivel global y la incertidumbre que rodea a la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Aunque el sector manufacturero se encuentra en territorio de recesión desde hace varios meses, el resto de la economía se ha empezado a contagiar y en los últimos tres meses el índice de actividad del sector de servicios presentó su mayor caída desde la crisis del 2009.

Por otro lado, el índice PMI compuesto, que mide la actividad total de los negocios, cayó por debajo de 50 puntos (arriba de 50 puntos denota expansión y por debajo significa contracción) por primera vez desde octubre del 2012.

La pregunta que se hacen los especialistas es si estamos ante una recesión temporal y superficial o si existe el riesgo de una caída más prolongada y profunda. La respuesta no es sencilla, ya que la profundidad y duración de la inminente recesión dependerá de factores exógenos, como el desenlace de la guerra comercial y la forma final del Brexit, y de la velocidad y magnitud de respuesta de las autoridades monetarias y fiscales. La respuesta de las autoridades monetarias parece ser contundente.

El Banco Central Europeo (BCE) implementó una serie de estímulos monetarios incluyendo la reapertura, sin fecha de conclusión preestablecida, de su programa de inyecciones de liquidez y una reducción adicional a la tasa de interés de referencia que la llevó de -0.4 a -0.5 por ciento. Asimismo, el BCE se comprometió explícitamente a mantener estos estímulos por un periodo indefinido o incluso incrementarlos en caso de ser necesario. La respuesta de política fiscal es aún incierta. La deuda pública como porcentaje del PIB en Alemania es de apenas 61% y hay un superávit presupuestal de 2.7% del PIB. Claramente, la situación de finanzas públicas y el entorno actual de tasas de interés negativas implica que hay bastante espacio para implementar medidas fiscales contracíclicas pero esto no quiere decir que la voluntad exista. Tradicionalmente, Alemania ha privilegiado la salud de las finanzas públicas sobre el crecimiento económico y no deberíamos esperar algo diferente en esta ocasión, a menos de que la recesión se profundice y prolongue a tres o cuatro trimestres como resultado de las tensiones comerciales.