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No es el mejor momento para anunciar la salida de Agustín Carstens del Banco de México y tampoco lo será en julio del próximo año, cuando se concrete esta salida, pero el timing del Banco de Pagos Internacionales es diferente al de nuestras angustias financieras locales.

Carstens no es solamente un financiero de alta eficiencia sino es además un ícono de estabilidad para este país, por lo tanto, vale la pena conocer cuáles son las causas que ahora motivan su salida.

Hay afuera una tormenta y Agustín Carstens es uno de los pilares básicos del refugio. Aunque hay que decir que aun con su salida deja detrás de sí una institución sólida, autónoma y funcionando.

Carstens estuvo en los años más estables del banco central mexicano, en esos tiempos de tasas bajas e inflaciones históricamente reducidas. En buena medida, por su manejo apropiado de una coyuntura externa favorable para la política monetaria.

Ahora se va en el momento en que las alertas de huracán suenan con todo, cuando en un par de semanas subirán las tasas de interés en Estados Unidos y se inicia el que ahora sí parece ser un periodo de incremento en el costo del dinero.

Y también para cuando el doctor Carstens se encuentre despachando en su oficina en Basilea, Suiza, se habrá cumplido el ultimátum de Donald Trump para haber conseguido lo que quería de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte o si no su salida del pacto.

Por eso, ahora que Carstens ya dijo adiós, la pregunta pertinente es: ¿quién podría ocupar su lugar?

El propio gobernador del Banco de México deslizó, junto con su anuncio de salida, una recomendación al presidente Enrique Peña Nieto para que busque dentro de la junta de gobierno del propio banco a su sucesor.

Sólo que quien llegue a ese puesto debe tener por lo menos tres aprobaciones: la del presidente, quien es el que propone, la del Senado que es la Cámara que avala el nombramiento y por supuesto el indispensable aval de los mercados.

Puede sumarse el visto bueno de la opinión pública que no permitiría que algún personaje cercano a los afectos presidenciales pudiera, eventualmente, encumbrarse en esa posición tan delicada (y menos si trajo a México a Donald Trump).

Claro que ahí está como buen prospecto el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, quien dicho sea con afanes de destape, tiene las calificaciones suficientes y los atributos necesarios para ser el próximo presidente de México.

Pero las elecciones presidenciales son un irracional concurso de popularidad y eso ayuda más a los que tienen años haciendo campaña. Como sea, podría también ser un buen gobernador del banco central.

Y para la Secretaría de Hacienda queda muy natural el paso del director de Pemex, José Antonio González Anaya.

Pero bueno, todo eso es un futurismo carroñero cuando todavía no se va Agustín Carstens.

Como sea, México pierde a uno de los más notables funcionarios financieros de la historia reciente. Uno que con su puro nombre garantizaba estabilidad, a pesar de sus alegorías verbales que lo suelen meter en complicaciones.

El relevo del doctor Carstens al frente del Banco de México tiene que ser uno a esa altura. Por lo demás, muchas felicidades, doctor Carstens, por su designación.