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He leído una novela admirable por su oficio, por su verdad, por su palpitación explosiva en el corazón de nuestra barbarie feminicida. Es el libro de Cristina Rivera Garza sobre el asesinato de su hermana Liliana, en 1990: (El invencible verano de Liliana, Random, 2021). El libro empieza en 2016, con la búsqueda burocrática del expediente del asesinato.

Es una lección de oficio narrativo y creación de atmósfera. Resultado: no hay expediente, no está digitalizado. Hay que seguirlo buscando. Por tanto, hay que reconstruir lo que pasó, hay que escribir la novela.

Liliana no sabía cómo ni por qué iba a morir, aunque lo sabía de un modo oscuro, por la índole violenta, reiterada, celosa, invisible para otros, de su matador. PUBLICIDAD Era una muchacha listísima, llena de preguntas y de alegrías.

Iba dejando su huella clara en los demás y en unos cuadernos admirablemente ordenados con su letra rectilínea, de arquitecta en ciernes. No son rectilíneas las emociones de Liliana ni sus ritos de paso de la niñez a la adolescencia, al sexo, al aborto.

Son las navegaciones de una mujer real, cruzada de encanto, dudas, cicatrices prematuras y libertades ejercidas. Esta joven mujer, nadadora, esbelta, cada vez más libre y dueña de sí, queda retratada en los recuerdos de sus amigas y amigos, y en la hermenéutica de sus cuadernos, hecha por la autora.

Sigue entonces el momento mayor del relato, la historia de cómo Liliana se aparta paso a paso de la posesión de su novio primero, su amor reincidente, su verdugo helado, hasta que, al fin, en sus cuadernos, se descubre libre de su opresor. Es entonces cuando el opresor sabe que la ha perdido, entra una noche a su casa y la ahoga.

Pondré aquí el nombre del feminicida porque está prófugo y debe ser traído a la justicia: Ángel González Ramos.

La novela tiene un epígrafe de Albert Camus: “En lo más profundo del invierno aprendí al fin que había en mí un invencible verano”. La historia de Liliana llena el epígrafe.