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a historia ha tocado varias veces a la puerta de López Obrador, el presidente mexicano con más ganas declaradas de pasar a la historia.

Oyó muy bien el aldabonazo que le sonaba en la puerta para elegirse. Le decía que el nombre del juego era combatir la corrupción y la pobreza, frenar la violencia, regresar al Ejército a sus cuarteles, crecer 4% en sus primeros años, 6% en los últimos.

Oyó el llamado de la historia: prometió eso y ganó con 53% su elección. Luego dejó de oír los toquidos de la puerta, se dedicó a escucharse a sí mismo, a responder sólo a sus propios aldabonazos.

Se volvió entonces estridente y sordo. Estridente para imponer su idea, sordo para escuchar la realidad. La historia llamaba a su puerta generosamente. Le había puesto en la mesa un aeropuerto de clase mundial, un sector energético bullendo de inversión en energías limpias y una reforma educativa abierta a la calidad.

Desoyó todo eso. Machacó el aeropuerto y la confianza de los inversionistas, apagó los futuros del cambio energético y del cambio educativo.

En 2020, la historia llamó a su puerta otra vez, con la pandemia, dándole la oportunidad de ampliar el sistema de salud y la inversión social en momentos de contracción económica y empobrecimiento. Desoyó el llamado. Fue uno de los peores administradores del mundo de aquella tragedia, con récord de muertos, y con un aumento de pobres increíble para un gobierno que dice ocuparse sobre todo de ellos.

Ahora la historia toca de nuevo a las puertas de México con la crisis mundial desatada por la invasión rusa de Ucrania.

Descubrimos entonces al presidente mexicano parado en el peor lugar de la historia que le pasa enfrente: del lado del verdugo ruso al que repudia el mundo, sin solidaridad con la nación agredida, cambiando dicterios provincianos con la mirada política europea.

Empieza a parecer entonces lo que es: no un presidente sensible a la historia ni el líder de una transformación histórica de su país.

Más bien un político al que la historia que le toca vivir, la historia a la que debe responder, le pasa de noche. Un presidente ciego a las verdaderas llamadas de la historia.