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Como tantos otros nudos de nuestra memoria colectiva, la historia del antimperialismo, antigringuismo o antiyanquismo mexicano, que salió un poco del closet en la jornada oficial de amistad con Rusia, tiene los cables cruzados. La guerra de 1847 es una gran herida fundadora, pero tuvo rápidas cicatrizaciones políticas y diplomáticas, como la ayuda de Lincoln en la guerra de Juárez contra Maximiliano y la convergencia económica de la era porfiriana.

El golpe de Estado a Madero, orquestado por la embajada estadunidense en Ciudad de México, es otra cicatriz, lo mismo que las leyes nacionalistas de la Constitución de 1917 que desembocaron en la expropiación petrolera de 1938, asunto que Estados Unidos toleró, relativamente, porque se anunciaba ya en el mundo la Segunda Guerra, y Washington necesitaba un continente unido y un vecino aliado, confiable en todos los órdenes.

Mientras en los cines el antigringuismo mexicano aplaudía los desfiles militares nazis, los gobiernos pactaban una alianza militar y de seguridad con EU que dura hasta hoy. Tan quedaron olvidadas las heridas previas, que el responsable militar de la alianza fue el mismísimo expropiador del petróleo, Lázaro Cárdenas, nombrado secretario de Guerra por el presidente Ávila Camacho, en 1940. La alianza fue benéfica para ambos países, pero tuvo un invitado clave: el fomento de los frentes antifascistas en el mundo, que permitió a México mantener una buena relación con la URSS, “de Revolución a Revolución”.

Las simpatías diplomáticas y los coqueteos ideológicos hacia la URSS no eran vistos como amenazas para EU o para la seguridad continental. Eran zonas de coincidencias útiles, en el cuadro más amplio de la colaboración en la guerra contra el Eje. Fue la época de oro del comunismo en México y de Vicente Lombardo Toledano, celebridad prosoviética por excelencia de la historia mexicana, líder sindical, maestro de generaciones y destapador de la candidatura presidencial de Miguel Alemán (1946) como el Cachorro de la Revolución.

Pero entonces llegó la guerra fría, los antiguos aliados comunistas se volvieron los nuevos adversarios del “mundo libre”, y México tuvo que tomar partido con Washington. Lo hizo a partir de 1946, año que inaugura la era del PRI. Se habla poco o nada de eso, pero el PRI nació como combatiente de la guerra fría.

Como tantos otros nudos de nuestra memoria colectiva, la historia del antimperialismo, antigringuismo o antiyanquismo mexicano, que salió un poco del closet en la jornada oficial de amistad con Rusia, tiene los cables cruzados. La guerra de 1847 es una gran herida fundadora, pero tuvo rápidas cicatrizaciones políticas y diplomáticas, como la ayuda de Lincoln en la guerra de Juárez contra Maximiliano y la convergencia económica de la era porfiriana.

El golpe de Estado a Madero, orquestado por la embajada estadunidense en Ciudad de México, es otra cicatriz, lo mismo que las leyes nacionalistas de la Constitución de 1917 que desembocaron en la expropiación petrolera de 1938, asunto que Estados Unidos toleró, relativamente, porque se anunciaba ya en el mundo la Segunda Guerra, y Washington necesitaba un continente unido y un vecino aliado, confiable en todos los órdenes.

Mientras en los cines el antigringuismo mexicano aplaudía los desfiles militares nazis, los gobiernos pactaban una alianza militar y de seguridad con EU que dura hasta hoy.

Tan quedaron olvidadas las heridas previas, que el responsable militar de la alianza fue el mismísimo expropiador del petróleo, Lázaro Cárdenas, nombrado secretario de Guerra por el presidente Ávila Camacho, en 1940. La alianza fue benéfica para ambos países, pero tuvo un invitado clave: el fomento de los frentes antifascistas en el mundo, que permitió a México mantener una buena relación con la URSS, “de Revolución a Revolución”.

Las simpatías diplomáticas y los coqueteos ideológicos hacia la URSS no eran vistos como amenazas para EU o para la seguridad continental. Eran zonas de coincidencias útiles, en el cuadro más amplio de la colaboración en la guerra contra el Eje. Fue la época de oro del comunismo en México y de Vicente Lombardo Toledano, celebridad prosoviética por excelencia de la historia mexicana, líder sindical, maestro de generaciones y destapador de la candidatura presidencial de Miguel Alemán (1946) como el Cachorro de la Revolución.

Pero entonces llegó la guerra fría, los antiguos aliados comunistas se volvieron los nuevos adversarios del “mundo libre”, y México tuvo que tomar partido con Washington. Lo hizo a partir de 1946, año que inaugura la era del PRI. Se habla poco o nada de eso, pero el PRI nació como combatiente de la guerra fría.