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Debemos ponderar el riesgo que asumimos, como país, al depender tanto del abasto exterior en un bien estratégico como la gasolina.

En el 2007 México importaba 280,000 barriles de gasolina por día, que representaban 34 por ciento del consumo nacional. En el 2017, las importaciones ya superan los 503,000 barriles diarios y son 64.5 por ciento de lo que se consume en México.

Nos hemos convertido en el principal mercado para los refinadores de Estados Unidos. Si las compras mantienen el ritmo que tuvieron entre enero y mayo de este año, las importaciones alcanzarían una cifra superior a los 12,000 millones de dólares al final del 2017.

En el corto y mediano plazo, las importaciones de gasolina seguirán creciendo. No sería extraño que en el 2018 veamos que la gasolina importada llegue a tener 70 por ciento del mercado mexicano. En Estados Unidos proyectan llegar a ventas superiores a los 15,000 millones de dólares alrededor del 2020.

Los neoliberales más ortodoxos afirman que esto no implica problema alguno: Estados Unidos es más eficiente que México en la producción de gasolina y, por tanto, hacemos un buen negocio al comprarles algo a un precio menor de lo que a nosotros nos costaría producir.

¿Es sacar precios, comparar contra costos y ya está? La realidad es más compleja de lo que pretende el paradigma neoliberal. Debemos ponderar el riesgo que asumimos, como país, al depender tanto del abasto exterior en un bien estratégico como la gasolina. Debemos también poner en perspectiva las razones por las que no hemos tenido la capacidad de desarrollar refinerías con costos competitivos, siendo México uno de los principales productores de petróleo y uno de los ocho mayores mercados del mundo para las gasolinas. Last but not least, es imprescindible que valoremos cuáles son los beneficios de producir la gasolina en vez de importarla: generación de empleos, desarrollo regional e impulso a actividades de investigación y desarrollo.

La reforma energética abre la posibilidad de que otras empresas, además de Pemex, se dediquen a refinación en el territorio mexicano. Por el momento, no hay ningún proyecto en firme pero sí muchas versiones. El mayor refinador de Texas, Grupo Valero, parece interesado en instalar tanques de abastecimiento en México. Se menciona a grupos regionales que estarían interesados en construir refinerías pequeñas o medianas, con tecnología de punta y posibilidades de entrar en operación en un año y medio o dos años. Se habla también de los esfuerzos de Pemex para conseguir socios que se harían cargo de los costos de modernizar algunas de sus refinerías (2,000 millones de dólares por cada una, aproximadamente).

Estamos atrapados en un círculo vicioso. La situación actual es consecuencia de decisiones tomadas en las últimas tres décadas: no se construyeron nuevas refinerías ni tampoco se hicieron grandes esfuerzos de eficientización de las refinerías existentes. Las primeras inversiones posreforma parecen más encaminadas a incrementar nuestra capacidad de importación de gasolinas que de producción de las mismas.

La solución no aparecerá en el corto plazo. Pemex está dedicado a resolver su propia crisis y, en su nueva condición de Empresa Productiva del Estado, debe concentrarse en las actividades que le sean más rentables. El nuevo Pemex no es responsable (ni debe serlo) de que el mercado mexicano sea abastecido principalmente con gasolina hecha en México. En este asunto, ¿qué responsabilidad asume la Secretaría de Energía? Después de todo, allí está la cabeza del sector.