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La semana pasada se publicaron los datos preliminares del Producto Interno Bruto (PIB) del primer trimestre para Japón, los cuales revelaron un crecimiento superior al esperado y marcaron el quinto trimestre consecutivo de expansión después de varias décadas marcadas por el estancamiento y recuperaciones efímeras.

La economía japonesa presentó un crecimiento trimestral de 0.5% durante el primer trimestre de este año, lo cual se traduce a un crecimiento anualizado y desestacionalizado de 2.2%, considerablemente por arriba de 1.7% anticipado por el mercado. Adicionalmente, el crecimiento estuvo impulsado tanto por la demanda interna como por las exportaciones. El consumo privado presentó un incremento trimestral de 0.4% con respecto al último trimestre mientras que las exportaciones crecieron 2.1% de manera trimestral.

Desde que Shinzo Abe fue nombrado primer ministro en Japón, a finales del 2012, las autoridades financieras japonesas han implementado una serie de medidas para tratar de estimular la economía y combatir la amenaza de la deflación, presente desde la década pérdida de los 90 e inminente desde la Gran Recesión del 2008-09.

Una de las principales iniciativas impulsadas por Abe fue que el Banco de Japón (BoJ, por su sigla en inglés) siguiera los pasos de la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo con un programa inédito de inyecciones de liquidez. En este contexto, la política monetaria del BoJ dio un giro total hacia la heterodoxia, implementando tasas de interés negativas e inyectando miles de millones de yenes a la economía mediante la impresión de circulante destinado a la recompra de bonos soberanos, fondos indizados al mercado accionario japonés y fondos de bienes raíces. También se autorizó al Fondo de Pensiones del Gobierno japonés que maneja más de 1.2 billones de dólares a incrementar, de manera considerable, la asignación a instrumentos de renta variable en su cartera, duplicando su tenencia de acciones en el mercado doméstico y extranjero.

Todas estas medidas han tenido un impacto positivo en el mercado accionario japonés, generando una mayor confianza para el consumidor y, además, han contribuido a un yen débil que ha impulsado al sector exportador.

Aunque las medidas heterodoxas de política monetaria por sí solas no habían logrado afianzar la recuperación, el gobierno de Abe complementó los estímulos monetarios con una serie de estímulos fiscales equivalentes a 5% del PIB japonés. Los estímulos fiscales han estado enfocados en proyectos de infraestructura y programas sociales.

La política económica de Abe recuerda al New Deal de Roosevelt en Estados Unidos después de la Gran Depresión y ha representado, sin duda, un cambio radical en la filosofía económica japonesa, en pocas palabras una desjaponización de la política económica para occidentalizarse y asemejarse más a lo que han hecho otras economías desarrolladas en momentos críticos.

La economía japonesa aún enfrenta retos importantes como la falta de crecimiento poblacional, salarios rezagados y un nivel altísimo de deuda pública; sin embargo, el objetivo de Abe es claro: estimular el crecimiento a toda costa y reducir el valor real de la deuda pública a través de una mayor inflación, buscando revertir la trayectoria del déficit público como porcentaje del PIB.

Si bien las medidas son radicales, Japón necesita salir del círculo vicioso de deflación y estancamiento que ha mantenido a la tercera economía más grande del mundo en estancamiento casi permanente durante casi tres décadas.

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